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A SOLAS BAJO LOS PALOS

Iker Casillas

En muy poco tiempo Iker Casillas pasó de ser el Santo a ser el Topo: el símbolo del madridismo y de la Selección no era más que un traidor, un mal portero, algo que, así lo sentía el propio Casillas, había que erradicar como la peste. Iker debutó con 18 años en la Liga de Campeones y ha levantado un sinfín de trofeos: fue Iker Casillas el que saliendo desde el banquillo encadenó una serie de paradas imposibles en la final contra el Leverkusen, el que acertó en el mano a mano con Robben de la final del Mundial de Sudáfrica y, de manera inevitable, un referente para todos a los que nos gusta ponernos unos guantes para defender una portería.

Iker decidió hablar con Iñaki Gabilondo después del fracaso del Mundial de Brasil. Repasa unos meses difíciles en los que lo que parecía sólo un toque de atención de Mourinho, la suplencia contra el Málaga en diciembre de 2012, se juntó con una lesión (siete semanas de aislamiento de las que Casillas salió con el alta médica pero, según Karanka, no con el alta competitiva) tras la que nada volvió a ser lo mismo. Él sigue confiando en su talento y en la fortaleza de sus piernas, no esquiva la cuestión de la suerte bajo los palos.

Casillas confiesa que, en ocasiones, tiene que pactar su propia vida con los paparazzi, le cambia la mirada al hablar de su hijo de nueve meses; ahora cuesta más verse con unos amigos que mantiene a pesar de que se empezó a alejar de ellos muy pronto, desde que se comprometió con un club sin el que su vida no tendría sentido. Reconoce que el Mundial le ha dejado tocado y sabe que la gente olvida deprisa, quiere llegar a París 2016. Se muestra firme durante la entrevista, dice haberse vuelto más humilde, más cauto: ahora tiene los pies en la tierra, cree que la caída en desgracia le ha valido para luchar, esforzarse, renacer.

Nunca he jugado ante miles de espectadores, ni siquiera en un equipo profesional, pero sé muy bien que cuando eres portero tienes que hacer un esfuerzo consciente –muy distinto al del resto de jugadores de un equipo- por mantener la concentración: hay que evitar que un pensamiento ajeno cruce tu mente justo antes de que el atacante decida disparar, de que el balón rebote en un defensa y cambie su trayectoria. Esto no es nada sencillo porque el resto del tiempo la acción sucede muy lejos: al contrario que en cualquier otra posición, el juego no te ocupa por completo de manera automática y nada impide que Mourinho, Diego López, Sara Carbonero o Xavi Hernández anden por ahí de alguna manera cuando cae un balón del cielo de Lisboa; no aciertas a despejar y Godín cabecea anotando un gol que parece definitivo.

Pensé de inmediato en Casillas cuando Sergio Ramos empató la final de la Champions en el último minuto. No sé si lleva razón Iker Casillas cuando se refiere a la afición que tenemos en España a hundir a los que triunfan; a mí, en este caso, me alegró de veras que hace poquito, en la entrevista con Gabilondo, Iker no apareciese abatido.

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OJO DE HALCÓN

Ojo de Halcón
Los apuntes que tengo esparcidos por la mesa aseguran que el error en una medida es algo inherente al proceso, que no se debe confundir con un fallo. Incluso se habla de errores aleatorios cuando éstos se producen por causas desconocidas e impredecibles y no se pueden eliminar.

Final del Torneo de Miami. El tenista alicantino David Ferrer detiene el juego convencido de que la bola de Andy Murray ha rebasado la línea de fondo y el partido es suyo. Pero la rozó apenas un centímetro (eso dice el Ojo de Halcón, el complejo sistema de instrumentación que es el que desde hace unos años juzga en los partidos de tenis qué bolas son buenas y cuáles malas) y fue el escocés el que se acabó llevando la copa.

Probablemente, hablando de tenis, no tenga sentido cuestionar la fiabilidad del Ojo de Halcón, eso sería tan absurdo como maldecir el padecer tal enfermedad o como negar que siempre hay una componente aleatoria en todos los asuntos que nos conciernen, por seguros que estemos de algo o por muy bien que creamos haber hecho las cosas. No sabremos nunca qué habría sucedido si David Ferrer hubiese continuado jugando el punto decisivo en lugar de confiar en su intuición. Cuando una elección se acaba revelando como errónea pensamos automáticamente que la contraria nos habría llevado al éxito. Quizá Ferrer tarde en recuperarse de ésta, se culpará una y otra vez por haber tomado una decisión que ahora todos juzgamos como absurda. Teóricamente –si hacemos caso a mis apuntes de Instrumentación Electrónica- jamás será posible afirmar que David Ferrer no estaba en lo cierto. Tampoco podremos saber si habría acabado perdiendo el partido de todas maneras.


BANDERAS

Belfast

De pequeño me sabía todas las banderas que venían en la última página de un atlas azul cosido a mano, me gustaban los triangulitos de la de Nepal, llamaban la atención los países africanos de fronteras rectilíneas.

En la EXPO de Sevilla no entendí qué hacía en el pabellón de Alemania un trozo de muro lleno de pintadas. ETA ETA ETA -letras gigantes sobre el asfalto y banderas con la silueta del País Vasco en negro- cuando los ciclistas ascendían a las cumbres del Sur de Francia. Hace cuatro o cinco años vi un partido en el Bernabéu no demasiado lejos de símbolos neonazis y enormes banderas carlistas. Me impresionó la foto de un mural que hizo un amigo que vivió en Belfast. Muchos han muerto por una bandera, hay vidas que terminaron en una colina cuya conquista permitió echar la línea divisoria algo más allá.

Rose Bowl, Soldier Field, Lothar Matthaüs, Alexi Lalas. Cromos de estadios y jugadores. El primer mundial de fútbol que recuerdo haber visto fue en Estados Unidos. El del año que viene será en Brasil. Me encantan estos enfrentamientos, sobre todo los partidos entre países exóticos. Empiezo a creer que la canción del último mundial, el famoso Waka Waka, está en lo cierto cuando dice que es la de las selecciones la única justa de las batallas.


UNA ILUSIÓN COMPARTIDA

SierraJosé Manuel Sierra ganó ayer el Mundial de balonmano. Fue alumno de mi padre, creo que a veces lee lo que escribo, nunca he hablado con él. Hay días en que para los que estamos de exámenes cada hora cuenta, me pongo a estudiar mientras recuerdo cuando íbamos al Pabellón a ver al Pedro Alonso Niño; una vez vino a Moguer el Barça de Urdangarín. Veo el principio, empieza bien. Volveré al final, cuando se ponga emocionante. Desde mi habitación oigo que los daneses no acaban de arrancar. El partido avanza. España sigue con una ventaja cómoda. Un rato en que me centro del todo en los apuntes. Cuando me doy cuenta la brecha es insalvable. Ya no merece la pena levantarse. Me paso por el salón. Sale Sierra, me siento. Dos paradas de mérito y una muy buena que no cuenta porque pitaron penalti. Intento imaginar qué se debe sentir al lograr algo así, me acuerdo de un artículo que le dedicaba El País después del partido contra Alemania  y de la camiseta de Sierra colgada en el Bar Globe. Me alegra pensar que allí –en los bares, en las calles de mi pueblo- la gente estará celebrando el triunfo, una ilusión compartida con otros muchos lugares de un país en crisis y de la que los moguereños nos sentimos, de alguna manera, responsables.


VERANOS DE BICI

Ciclitazo de Lance ArmstrongPara mí Lance Armstrong era uno de los ciclitazos, unos círculos de cartón con fotos de ciclistas famosos que daban con el periódico. Principios de los noventa, Armstrong pasaba por poco de los veinte. Yo intentaba seguir el ritmo que marcaban mi hermano y mis primos mayores, aguantar sobre la bicicleta como cada tarde veía que lo hacían Induráin, Jalabert, Zülle, Chiappucci y Pantani. Eran veranos de bici, de Game Boys, de meriendas en el castillo, de pipas Facundo, de excursiones a Palencia, Ampudia y Medina de Rioseco. También de libros. Apareció el de la vida de Armstrong, me lo leí dos veces.

Me vienen recuerdos de cumbres en las que apenas había espacio para que pasasen los ciclistas, de bajadas, de sprints, de escapadas en las que al final ganaba el corredor que menos había colaborado. Esa vez de Armstrong campo a través y la caída de Beloki creo que no fue hace tanto. Imágenes que se mezclan con muertes prematuras, bolsas de sangre congelada, inyecciones, confesiones, acusaciones entre compañeros, podios desiertos.

No me siento estafado por Armstrong, tampoco voy a negar que he intentado creerle casi hasta el final. Ahora, cuando ya ni siquiera me suena el nombre de la mayoría los ciclistas, hago lo posible por intentar entender a Lance Armstrong; será que aún no quiero reconocer que todo era mentira.


LA MAGIA DEL AZUL Y DEL ORO DE LOS CHARGERS

Si los Chargers de San Diego logran un touchdown, unas rubias se juegan el físico (melena incluida) para poner en marcha los cañones de fuegos artificiales de las esquinas del Qualcom Stadium. Poco importa que con la emoción vuelques la cerveza sobre los de delante, un pase (un complete) es suficiente motivo para chocar el pecho con el tío del asiento de al lado. En San Diego hay playa y suele hacer bueno. Héctor no echa de menos el otoño de Madrid, sorprende más que se haya olvidado un poco de lo que allí llaman soccer y se haya pasado al fútbol americano. Habla de un equipo perdedor –no importa lo buena que sea la plantilla- del que sus aficionados siempre están orgullosos y al que rodea una especie de maldición (rayos, accidentes de avión, sobredosis: seis jugadores de la plantilla del 94 han muerto prematuramente).

Parece ser cierto que a los americanos -por norma general- les van las banderitas, los himnos, los marines y el Día del Veterano. No hay nada en ellos de cinismo ni de sofisticación, huyen también de la forma de ser de los ingleses. Quizá sea esto lo que explique su manera de entender el deporte, ni ultras ni abucheos a los tuyos. En un post anterior, yo defendía al deporte europeo; lo de los yankees siempre me había parecido descafeinado. Ahora miro la sudadera roja de los San Francisco 49ers (Héctor no logró convencerle de lo de la magia del azul y del oro de los Chargers)  que me trajo mi hermano de California y empiezo a pensar que a lo mejor no es tan mal eso del fútbol americano, que cansa ya la trascendencia que por aquí solemos dar a los resultados de nuestro equipo.


UN REGALO DE CUMPLEAÑOS TAN ESPECIAL

Empieza a sonar el Himno del Centenario. Quinceañeros trajeados que vienen de sacar en procesión a San Juan Bosco, dos filas de chinos con bufandas del Sevilla, la rubia con la camiseta de Negredo lleva unos tacones que no parecen muy adecuados para subir las escaleras de un estadio. En Preferencia banderas de España, los ultras siguen enfadados y no se ven por el Gol Norte muchas banderas de Andalucía con una estrella roja en el centro; todos cantamos convencidos de que esta vez seremos capaces de plantar cara al Barça de Messi.

Villa marcó en el descuento el 2-3, los sevillistas salimos del Pizjuán maldiciendo a Mateu Lahoz. Pensé hace algún tiempo que el fútbol era una de esas cosas que llegado un momento y sin un motivo del todo claro dejan de preocuparte. A pesar de la derrota y del arbitraje, me alegro de haber estado el sábado en el campo de mi equipo (gracias, Tere, por un regalo de cumpleaños tan especial). Compartí sensaciones –alegría, temor, rabia, desencanto- con decenas de miles de personas por algo que no dependía de nosotros. Posiblemente el fútbol –el deporte- no sólo sea un entretenimiento que se disfruta sin pensar demasiado; es una lástima que algunos se empeñen en mezclarlo con violencia, política e intereses de todo tipo.


EL OTRO LADO DEL ATLÁNTICO

En la cancha de los Chicago Bulls te regalan una hamburguesa del McDonald´s si los locales superan los cien puntos. Allí, en América, los equipos son franquicias con nombres de animales salvajes que de cuando en cuando intercambian sus jugadores como si fuesen cromos. Hay un deporte  parecido al rugby en el que el juego de detiene en cuanto alguien logra avanzar un par de yardas, otro sobre hielo en el que es casi imposible distinguir la pastilla que sustituye a la pelota e incluso uno en el que echas tres, cuatro, cinco horas viendo como señores cercanos a los cuarenta intentan sacar del estadio una bola maciza. No entendemos nada los europeos de todo esto; tenemos clubes centenarios, jeques, fichajes millonarios, ascensos y descensos. Aun siendo consciente de que -al menos en España- el modelo económico no se sostiene y de que resulta bastante ridículo tomarse tan a la tremenda las desgracias de tu equipo (o las alegrías del rival) siempre me ha parecido que los americanos –en su búsqueda del entretenimiento, del espectáculo o del simple pasatiempo- descafeínan todo un poco en las que llaman Grandes Ligas.

Ya he hablado del escritor estadounidense Gay Talese. Cuando visitó Madrid él no entendió gran cosa de lo que vio en la plaza de toros de Las Ventas. Hubo un detalle que no se le escapó al viejo periodista: aquellos héroes sobre la arena ataviados con trajes de época contaban tan sólo con su valor y su físico para vivir, para alcanzar la gloria. Creo que lo mismo sucede con los deportistas; personas que –armadas de técnica y sacrificio- persiguen lo imposible: un triunfo personal que miles de personas sienten como propio. Aquí ya no importa a qué lado del Atlántico nos encontremos.


ALGO AÚN MÁS VALIOSO

Aun siendo cierto que el mundo de los golpes y los hoyos no tiene mucho sentido, sólo el que cada uno le quiera dar (me pregunto si no sucede lo mismo con el que se extiende más allá de los límites del campo de golf) y que visto desde fuera todo parece cuestión de suerte,  cuando pisas la hierba humedecida por el rocío antes de dar el primer golpe te sientes afortunado: sabes que en las próximas horas todo se reducirá a colocar la bola sobre la hierba segada al ras tras la salida, calcular bien la distancia a la bandera antes de ejecutar el segundo impacto, interpretar correctamente las pendientes si ya estás cerca del agujero y saber mantener la cabeza fría cuando empiecen las dificultades; los problemas cotidianos desaparecen y hasta en el peor de los días no es difícil encontrar un par de golpes esperanzadores. A mi entender encierra el golf algo aún más valioso –y no me refiero ni a la oportunidad de practicar un deporte saludable en entornos de gran belleza ni a la de competir de manera análoga a la que lo hacen los profesionales-. Es el golf una cura de humildad como ninguna otra y una forma inmejorable de conocerte mejor; pero yo sin duda me quedo con alguno de los momentos –hermosos, divertidos en ocasiones- que he vivido practicando este juego junto a mi padre, mi hermano, algún amigo y tantos desconocidos.


CANCIONES INOLVIDABLES Y GOLPES IMPOSIBLES

Para mí es el nombre de Severiano Ballesteros de esos que empiezan a sonar desde muy niño; Mozart, Napoleón, Marilyn Monroe, Di Stefano, Shakespeare, Elvis, Induráin, Picasso: de alguna manera siempre han estado ahí. La primera vez que recuerdo haber visto a Seve por la tele acababa de ganar un torneo –un Open de España- y no parecía demasiado contento. Yo era pequeño, le pregunté a mi madre que por qué Ballesteros estaba enfadado; por lo visto aquello le sabía a poco después de no haber podido vencer en el Master de Augusta. El quinto Beatle es el artículo de ayer de Michael Robinson sobre el golfista de Pedreña; está claro que ni sus cinco victorias en torneos de los llamados grandes ni los cuellos ni los flequillos explican del todo  el titular. Es al verlo mover el palo de golf con esa mirada de determinación irresistible para muchas o al comprobar la admiración que sigue suscitando entre los británicos cuando empiezas a imaginarte lo que debió suponer la irrupción con diecinueve años de Severiano Ballesteros en un deporte que acabó revolucionando por completo; comprendes lo acertado del título que eligió Robinson, caes en la cuenta de que tanto Seve como los Beatles se fueron demasiado pronto y tienes la sensación de que nos hemos quedado sin muchas canciones inolvidables y golpes imposibles.