Archivo de la categoría: literatura

NUESTROS MAYORES TESOROS

Jan ŠvankmajerJan Švankmajer es un artista checo famoso por sus películas de animación. Yo tampoco lo sabía: una amiga que ha leído su libro Para ver cierra los ojos compartió en Facebook tres de sus diez mandamientos. A mí el título del libro me hizo pensar en la frase, tan desgastada ya, que sale en El principito, la de lo esencial es invisible a los ojos. De acuerdo a Švankmajer, la imaginación es lo que ha hecho que el hombre sea más humano, no el trabajo. Pero ayer me dijeron que había pasado el proceso de selección, que me incorporaba a mediados de diciembre: no tenía demasiada gana de cerrar los ojos ni de imaginar ni de plantearme si el trabajo (aunque probablemente Švankmajer se refiriese al tiempo que dedicamos a cualquier actividad) ordena y dignifica nuestra existencia o más bien todo lo contrario.

Llega la tarde y sigue lloviendo. Me acuerdo de Ladrón de bicicletas, llevo tiempo queriendo verla. Aparece en el catálogo de la biblioteca de al lado de casa, pero no está disponible. Me viene el nombre de Paul Thomas Anderson, de Magnolia sólo he visto un trozo, me decido por Pozos de ambición. Llego a casa, dejo la película a un lado y me pongo a escribir. Voy a ver si los consejos de Jan Švankmajer me echan un cable.

El primero apela a la universalidad de la poesía, del arte: a él le ayuda ponerse a pintar un cuadro o a escribir un poema antes de rodar sus películas. Es curioso cuando habla de dar más importancia al tacto que a la vista (entiende que este último sentido o está cansado o está corrompido), sí que coincido con él cuando defiende la necesidad de hacer creer al espectador que todo lo que ve le convence, que lo que hay en la película está inmerso por completo en su mundo (sin que él se dé cuenta, habrá que emplear toda clase de trucos). Le voy a hacer caso en lo de escoger temas ambivalentes que nos permitan caminar al filo, a mí también me parece casi un pecado hacer una película o escrito moralizante.

Durante todo este rato tengo puesto de fondo un DVD de Bruce Springsteen que encontré por casualidad (sé que esto es difícil de creer) en la biblioteca. Es de una gira en la que Springsteen rescató una serie de canciones muy antiguas y adaptó algunas de las suyas al estilo de Pete Seeger. Ya sé que, según El principito, es el tiempo que dedicas a la rosa lo que hace a la rosa tan importante, pero cuando vi la caja del concierto en la biblioteca me acordé de que el día que fui con mi hermano a Las Ventas a ver mi primer concierto también llovía. A mí entonces la música de Springsteen no me decía demasiado, tampoco ayudaba lo del homenaje a Pete Seeger, el que no fuese a interpretar las canciones que sí conocía.

No me olvido de El principito y su rosa, pero ahora entiendo un poco mejor a qué se refiere el segundo mandamiento de Jan Švankmajer, el que relaciona las obsesiones -o las cosas que nos apasionan- con la infancia –o tiempos pasados que ahora se recuerdan con tanto cariño. Tiene razón, estas reliquias son nuestros mayores tesoros.


COMO LOS RELOJES DE PULSERA DE LOS SOLDADOS MUERTOS

Hitchcock y TruffautEn literatura, un personaje es una masa de palabras que describen al autor en términos generales (más tarde vendrán las sutilezas) a las que éste asigna un nombre, un sexo, gestos plausibles y les hace hablar y portarse, a veces, de manera consecuente. Está claro que, hablando de cine, no se puede aplicar directamente esto de la masa de palabras –quizá una combinación de palabras, imágenes y sonidos, no sé. Hasta hace un par de semanas, al salir de la primera clase del curso de Lenguaje Audiovisual de la Escuela de Teleco, nunca se me había ocurrido pensar qué separa al lenguaje que usa el cine del de la literatura.

Al analizar una novela, un texto narrativo, hay que tener claro que la sucesión lógica y cronológica de los hechos (la historia que se cuenta) no tiene por qué coincidir con la presentación de los hechos en esa obra concreta (el discurso). Esta separación permite aclarar un poco todo lo relativo al tiempo, al espacio, a los personajes y a terrenos aún más pantanosos. Por ejemplo, un relato puede ser iterativo (en el sentido de que se menciona una sola vez un acontecimiento que sucede a menudo) o repetitivo (un hecho aislado se menciona varias veces).

Me interesa también la manera en que se usan ambos lenguajes (el literario y el audiovisual) para contar lo que sucede desde una perspectiva determinada: el punto de vista, la posición conceptual desde la que se presentan las situaciones y los acontecimientos. Además de la distinción clásica entre un narrador sin restricciones (omnisciente) y un narrador personaje (posición interna a la historia, puede incluir lo que sabe y lo que percibe el personaje en cuestión), resulta difícil imaginar cómo se consigue, en el cine, que el relato tenga un determinado aspecto (es decir, hasta qué punto hay secretos para el narrador en el mundo narrado).

Me he empezado a leer El cine según Hitchcock (un libro que recoge una conversación de cincuenta horas entre el realizador François Truffaut y el propio Alfred Hitchcock). Quizá lleven algo de razón los que piensan que la magia de Hitchcock está en sus trucos, en su dominio de la técnica. Es cierto que Hitchcock necesitaba protegerse de actores, público, productores y técnicos (no hay otra manera de hacerlo que sabiendo más que todos ellos); para mí, esto no explica del todo que sus personajes, que Roger Thornhill o Norman Bates, sigan ahí.

Coincido con Truffaut cuando dice que el objetivo fundamental de toda obra de arte es conocernos mejor, y para esto no basta –ni sé si es del todo imprescindible- con dominar la teoría. Hitchcock lo logra porque siente profunda y físicamente lo que desea comunicar. Nos obliga a compartir sus obsesiones; sus propias ideas sobre la vida, la gente, el dinero y el amor. Murió en 1980, pero, como dijo Jean Cocteau sobre Proust, está claro que su obra continuará viviendo como los relojes de pulsera de los soldados muertos.


UN HUECO RARO EN EL CORAZÓN

Ojos azulesAquí, en Madrid, no llueve como si el dios Tlaloc o la puta madre que lo parió hubieran roto las compuertas del cielo. Poco tiene que ver, supongo, esta tarde de lunes con la noche triste –así se conoce el episodio histórico que narra Arturo Pérez-Reverte en Ojos azules– en la que los soldados de Hernán Cortés intentaban salvar el pellejo en Tenochtitlán.

El oro pesaba pero le evitaría tener que volver a arar la tierra ingrata en la que había nacido, seca y maldita de Dios, tierra  de caínes esquilmada por reyes, curas, señores. Me gusta la manera en la que Reverte convierte la tarde gris de Madrid en aquella noche lluviosa mexicana de sangre, vísceras y ruido de tambores: así, sin preocuparse de que el lenguaje del soldado de ojos azules que pensaba (con un extraño hueco en el corazón) en una india no se corresponda con la época. Bueno, Pere Gimferrer es capaz de explicar mejor que yo en el prólogo por qué Pérez-Reverte logra que sea difícil no estar de acuerdo, leyendo las escasas páginas de Ojos azules, con esta frase de Emerson: comprendiendo un momento de la vida de un hombre, podremos comprender toda su vida. 

Me viene a la memoria una historia muy similar, puede que sea la misma -cuesta a veces entender a Neil Young-, la canción Cortez The Killer. En el tema del músico canadiense tiempo y espacio también se mezclan, aunque de otra manera: hay un verso que dice algo parecido a construían con sus manos desnudas lo que todavía no podemos hacer hoy, poco después el protagonista afirma que sabe que ella está viviendo allí y lo ama hasta este día.

Es 2014 y en Madrid ya es de noche. Pongo Cortez The Killer, a ver si me entero de a qué se refiere realmente Neil Young con lo de todavía no recuerdo cuándo o cómo perdí mi camino. Sigo sin entender del todo la canción, pero ahora los sonidos de Neil Young y los Crazy Horse parecen decirme algo parecido a lo que le decían al soldado de ojos azules los tambores de Tenochtitlán: Teules malditos, perros, vais a morir todos hasta el último, y pagaréis el deshonor de nuestros ídolos, y vuestra sangre correrá por las aras y los escalones de los templos, y me acuerdo de la última frase del soldado (ya su corazón en manos del sacerdote azteca): Ojalá mi hijo tenga los ojos azules.


DESEOS TAN PODEROSOS Y COSAS TAN EXTRAORDINARIAS

No recuerdo, quizá nunca lo haya sabido, el motivo por el que, hace ya mucho, a mi hermano y a mí nos dio por Canadá: un país lejano e inmenso del que conocíamos ríos, provincias y ciudades; el territorio en el que nacieron algunos de los deportistas que entonces admirábamos y en el que suceden la mayor parte de las historias de Alice Munro, la escritora de 82 años ganadora del último Premio Nobel.

A mi hermano la mirada de Munro –comprensiva, humana, poco afectada, tan aguda- le lleva a la tierra de los antepasados de la escritora canadiense, a Escocia, a la ciudad de Edimburgo nevada, a un pub en el que se está bien (puede que sea el olor a madera, a cebada; quizá sea eso que pasa cuando vas a aprender inglés al extranjero, gente que parece de siempre durante unas pocas semanas y a la que sabes que nunca más vas a volver a ver), al cuento de Munro en que una maestra joven conoce a un chico en el Trans Canada Train. La maestra mira al pasado desde el vagón panorámico, el tren pilla a alguien. No son personas vulgares para mí. No pueden serlo cuando tienen deseos tan poderosos y hacen a veces cosas tan extraordinarias, dice la autora cuando se le pregunta por sus personajes.

De Munro he leído la colección de relatos recopilada bajo el título de Amistad de juventud. Fue hace algún tiempo y he olvidado muchas de las circunstancias concretas que se cuentan (y de lo que se desprende de la escritura lisa y serena que se asoma a comportamientos desorbitados que irrumpen en la normalidad ya lo han dicho todo Muñoz Molina y muchos otros durante los últimos días), pero lo cierto es que me hizo ilusión que le concediesen el Nobel, regresé a los tiempos en los que me alegraba de las victorias del golfista canadiense Mike Weir o de los éxitos del jugador de baloncesto Steve Nash, o -más recientemente- del Premio Príncipe de Asturias de Leonard Cohen.

El libro de Munro en el que mi hermano estaba leyendo aquello de la maestra del tren se perdió en el aeropuerto. No estaba en objetos perdidos. Una historia incompleta esta de Edimburgo, puede que acabase con el regreso de mi hermano a España o que sea cierto eso que leí hace poco de que en la vida, al contrario que los libros, nada termina. Sí que recuerdo de Amistad de juventud el talento de Munro para finalizar historias, también para ocultar o retrasar la aparición del hecho principal. Reconozco que me han entrado ganas de volver a colgar la bandera de Canadá, con su hoja de arce, en mi habitación; creo que esta vez toca alegrarse porque ha ganado la literatura.


TAN GENEROSA COMO EL AMOR

Richard Ford y Raymond CarverCuando se cruzó con él, en 1977, Richard Ford no sabía quién era Raymond Carver. Entonces Ray -así lo llama en su libro autobiográfico Flores en las grietas– no era conocido como el Chejóv americano y el Raymond Malo todavía estaba al acecho. En aquel primer encuentro (sucedió en uno de esos festivales literarios que se celebran en las universidades americanas) Carver leyó ¿Qué es lo que quiere?, un relato que parecía que nunca hubiese pensado leer en voz alta, y con el que Ford experimentó un placer vertiginoso: un objeto fabricado que en nada se parecía a la vida, algo más bien abstracto, capaz de intensificarla y dignificarla.

En el 77 Carver era serio, reservado e inseguro. Alguien asustadizo al que se le notaba que no hacía demasiado había estado contra las cuerdas. Pelo enmarañado, manos rudas, patillas largas. Flaco, huesudo y mal vestido. Una persona obligada a desprenderse de cosas buenas y malas en el mismo paquete y a la que no le quedaba otra que enfrentarse a la vida de manera directa. El capítulo de Flores en las grietas en el que Ford habla de su amigo se titula El buen Raymond. Carver era incapaz de sentirse feliz del todo si el otro no compartía su alegría, Ray era un alma bendita (logró dejar atrás al Raymond Malo, a pesar de que el término le divertía) para la que el tiempo era algo valioso y que consideraba, esto se ve en sus relatos, que la vida –en particular la vida con los demás- era todo lo que había.

Carver –llegando a extremos ridículos para evitarla- odiaba la confrontación con la que tanto disfruta Ford. Según éste, Carver era el hombre físicamente más inepto que jamás había conocido y el que peor comía. Dejando a un lado las curiosidades biográficas y la manera en que éstas influyeron en la obra de Carver, me quedo con el párrafo en que Ford está convencido de que cualquiera podría haber querido a Raymond Carver (la misma persona en cualquier momento y en cualquier lugar) tanto como él, pues conocer la amistad de esta manera es comprender que no es excluyente, sino tan generosa como el amor.


ME CONFORMO CON MI PROPIA VIDA

El día 29 del mes pasado Juan Cruz e Iñaki Gabilondo conversaron sobre libros en la Librería Rafael Alberti, del papel ornamental que juega en la sociedad actual el que debiera ser uno de los elementos de referencia. Gabilondo se emocionó un poco al hablar de su padre, al contarnos cómo fue maltratado por algún que otro librero hasta que dio con la persona que comprendió el empeño de un hombre sencillo en compartir con sus hijos pensamientos hermosos e historias que nunca sucedieron. A Cruz, de joven, le valía con tocar los libros. En una ocasión, Manolo, el librero, le dejó leer unas líneas de la primera novela de Torrente Ballester. Juan Cruz se emocionó. Manolo le regaló el libro.

Ahora los medios de comunicación se dedican a contar lectores y espectadores. A Gabilondo la literatura le hizo saber lo que es la libertad. Juan Cruz encontró pronto placer en la lectura y se dio cuenta de que no vivía en un barrio, de que la realidad se extendía más allá. Hoy los libros le llevan a una ventana de la casa de cuando era niño, allí sentado leyendo a Azorín o a Wilde, oye el agua fluir por las tuberías.

Parece que sólo importa lo contable, decía Gabilondo. Europa se ha convertido en una especie de supermercado, poco queda ya del otro aliento que ha tenido siempre el viejo continente. Da la sensación de que las familias, los amigos, las parejas ya sólo hablamos de dinero (no sólo del nuestro, no sólo de llegar a fin de mes, no sólo del paro): con frecuencia nos referimos a la prima de riesgo, a los millones de euros que van de aquí para allá. Olvidamos que, en ocasiones, si eliminamos lo que sobra a simple vista lo que importa pierde su significado.

Salí de la Alberti convencido de que las librerías son algo más que tiendas de libros y llegué a casa pensando que a menudo nos privamos de un gran placer; dándole vueltas a una frase de Gabilondo: decir no tengo tiempo para leer es equivalente a afirmar renuncio a la vida y me conformo con mi propia vida.


NO DEBERÍA SIGNIFICAR NADA

En mi libro de Ética de cuarto ESO salía un anuncio de una campaña -no me acuerdo exactamente contra qué, contra la intolerancia, por ejemplo- en el que, bajo una foto de Oscar Wilde, se podía leer MARICÓN. SUDACA era el subtítulo de la de Rigoberta Menchú; creo que NEGRO era el adjetivo que acompañaba a Luther King, había un cuarto retrato que ahora no recuerdo.

Como cada viernes es la nueva novela de José Francisco del Río, la primera que publica. Aún no la he leído, es, dicen, un libro difícil de dejar de leer, en el que abundan las descripciones –muy buenas- y en el que se nota el oficio del autor (su manejo de los agentes ficcionales, en realidad ésta es su tercera novela). José Francisco del Río estudió Economía en el CEU; fue, hace ya años, alumno de Justo Sotelo. Ayer, en la tertulia del EsteOeste, habló de su vida como taxista, también de los hechos biográficos sobre los que construyó la ficción de Como cada viernes. Quizá debiera José Francisco dejar de ser tan modesto, de justificar por qué incluyó en la novela tal episodio o dejó fuera aquel otro. Le preocupa que su obra sea considerada como literatura erótica, pornográfica incluso. Aunque algún conocido afirme que se ha quedado corto, él está cada vez más convencido de que tendría que haber enfocado el asunto desde otra perspectiva.

Las escenas que tanto preocupan a José Francisco son entre hombres. Desde un punto de vista literario esto no debería significar nada, la calidad de la obra se supone que es independiente de que los personajes decidan amar o relacionarse con personas de su mismo sexo. He de reconocer que me sentí algo incómodo cuando se leyó en alto en la tertulia uno de los fragmentos más explícitos del texto. Habrán pasado unos diez años de lo del libro de Ética. Parece que sigue siendo necesario ser Wilde, Menchú o Luther King para que dejemos del todo a un lado nuestros prejuicios. A la hora de enamorarse de un libro, de juzgarlo como hermoso, interesante o simplemente entretenido, poco debería importar la orientación sexual, el lugar de nacimiento, la etnia, el sexo o las creencias del escritor, del lector o de los personajes. Esto no suele ser así al hablar de Literatura, y, por desgracia, menos aun ahí fuera.


LA ESENCIA DE LOS HÉROES

RostrosLiterarios_CuerposFashionMi padre cuenta que el tigre que antes decoraba el salón de la casa de mis abuelos lo pintaron entre el Cefe y él, que uno empezó por la cabeza y otro por la cola. En Xaceas -la novela que publicó en 2005-, Ceferino Fernández prevé un futuro sin personalidad, recuerda un pasado en el que sólo la imaginación podía ayudar a sobrevivir entre la rutina, la miseria y la escasez.

Los cuadros de la última exposición de Ceferino son cuerpos perfectos sin vida, también personas preocupadas tan sólo por moldear sus figuras deslucidas (sin ser conscientes de que el alma no se puede comprar, que los escaparates no son sino retablos o pantallas de cine en los que proyectar sueños). Esculpidos en madera, aparecen rostros literarios que -entre tanta pose- están ahí para recordarnos que la lectura sí que permite apropiarse de la esencia de los héroes.

Ceferino invita a mirar desde un punto de vista literario. Paseando por el hall del Teatro Felipe Godínez de Moguer sientes que los óleos y acuarelas no tendrían sentido sin la mirada severa de alguna de las esculturas. A veces es inevitable olvidarse del origen de la exposición (de la convergencia entre pintura y escultura tan misteriosa como el tigre del salón de mis abuelos), dejar a un lado las preocupaciones del artista y simplemente disfrutar de cualquiera de las obras.


SIEMPRE SERÁ AÚN NO

En uno de los volúmenes de Tu rostro mañana, de Javier Marías, una italiana, la mujer de un diplomático, baila entre la multitud preguntándose si ha llegado ya el día en que ha dejado de ser atractiva para la mayoría de los hombres. Pero es aún no, aún no, piensa aliviada…

Me parece que todos tenemos tendencia al aún no, aunque sea en un sentido algo distinto al de la italiana del libro. Dejamos aparcadas cosas, importantes o no, como si las consecuencias nunca nos fuesen a alcanzar (aún no, aún no, pasa otro día, otro mes, otro año). Vamos posponiendo la toma de ciertas decisiones mientras elegimos qué callamos y qué contamos.

A veces, el día en que te das cuenta de que la situación no tiene fácil arreglo acaba llegando. Y entonces piensas que las cosas nunca podrían haber sucedido de otra manera. Una mala decisión es mejor que una no decisión, asegura Tony Soprano (el mafioso de la serie). Coincido con Soprano y estoy convencido de que, por lo general, hay siempre al menos un resquicio para la libertad individual. Lástima que sea tan cómodo vivir dejando pasar, convencido de que siempre será aún no.


TODO DEMASIADO CLARO

El hobbitEl hobbit, de Peter Jackson, es una película de casi tres horas basada en la novela de Tolkien. JRR Tolkien fue un hombre de profundas convicciones religiosas y radical en sus planteamientos, su pensamiento se encuadra dentro de lo que llaman anarquismo monárquico. Mi primer encuentro con el mundo de razas y lenguas extrañas creado por el autor de El señor de los anillos no fue en en un cine. Ayer, viendo El hobbit, me sonaban muchos de los nombres de ciudades fortificadas, montañas, magos y criaturas. No recuerdo qué edad tenía cuando me leí El hobbit, de Tolkien.

Peter Jackson intenta dejar a un lado la grandilocuencia de anteriores producciones, quizá el tono costumbrista -algo tedioso- del principio sea el mayor acierto de una película que, a pesar de las tres horas y de las aventuras vividas, me dejó la sensación de que volvía a casa sin conocer a ninguno de los personajes. Tolkien escribió El hobbit para sus hijos pequeños. A lo mejor es sólo cosa de la edad. O puede que el universo de Tolkien, un lugar en el que el Bien y el Mal están tan separados, sea sólo una muestra de la ideología de alguien que parecía tenerlo todo demasiado claro.