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COMO UN CORAZÓN

corazonJuanma, Manolo, Francis y yo dejamos que la tarde avance en la terraza del Alkimia. Ya es la temporada del café con hielo y Baileys; también estamos en el Globe, en la Morada y en el Zaratán: esto sucede a veces con escenas que se repiten y nuestra mente guarda como una sola. Es el CD Como un corazón el que me devuelve al café de las cuatro, el que me hace viajar más de seiscientos kilómetros hasta llegar a Moguer, a mi pueblo: un lugar que para Juan Ramón Jiménez es la luz con el tiempo dentro y en el que, a veces, el flamenco más hondo deja de ser algo oscuro e inaccesible.

Las chicas que en Como un corazón hacen suyas (nuestras, de nuestra tierra al menos; algunas no han nacido demasiado lejos de casa) melodías y rimas de algunos de los mejores poetas del rock norteamericano tienen más o menos nuestra edad. Recuerdo cuando, hace años, vimos en la Peña del Cante Jondo de Moguer a Argentina, una cantora de Huelva cuya versión del Take This Waltz de Leonard Cohen (la que aparece en el disco) ahora me emociona. Entonces, seguramente, acabó por aburrirme un poco, como solía sucederme cada vez que mis amigos intentaban que me fuese interesando por el flamenco. Bueno, es cierto que, más recientemente, disfruté con la actuación de Rosario La Tremendita (la trianera interpreta un par de temas en Como un corazón) en el Foro Iberoamericano de la Rábida, que la música de mi amigo Francis (del guitarrista Francis Gómez y sus proyectos D_Maera, Flazz Trío y Planeta Jondo) me llega de manera distinta.

Acabo de terminar de escuchar otra vez Como un corazón. Pongo Buscando a Dios en la niebla. Me gusta cómo suena Elliott Murphy cuando le echan una mano Antonio Machado y Paula Domínguez. Juanma, Manolo, Francis y yo seguimos en la terraza del Alkimia, aunque cada vez nos cuesta más coincidir. No intento explicarles por qué disfruto tanto con las letras de Cohen, Dylan y Murphy, tampoco hace falta que me digan nada acerca de qué hace único al flamenco; hice bien en decirles que diesen una oportunidad a Como un corazón.


NEBRASKA

NebraskaVengo del cine. Hasta hace un rato, Nebraska era un álbum que Bruce Springsteen grabó en 1982 en una cinta de cassette. Las canciones, lo que para mí era Nebraska, tienen mucho que ver con lo que se ve en la foto de la portada del disco: una imagen tomada desde el interior de un coche, borrosa y en blanco y negro, en la que no hay nada sino millas de asfalto si sigues hacia delante y campos interminables si miras hacia los lados.

En Nebraska (Alexander Payne, 2013), los paisajes, en blanco y negro, son tan desoladores como la foto del álbum de Springsteen. En la película se habla poco. Lo esencial de los personajes, del lugar que ocupa cada uno, de las relaciones entre ellos, se desarrolla a otro nivel y queda claro desde las primeras secuencias. David busca constantemente que su padre le devuelva la mirada, a éste sólo parece preocuparle llegar a Lincoln (Nebraska) para cobrar un millón de dólares y comprarse una camioneta nueva y un compresor de aire.

A Payne no le hace falta quitar el capuchón al rotulador de subrayar en ningún momento. Me gusta la manera en la que algunos momentos –cuando le dicen a David que su padre mantuvo relaciones con una india de la reserva, por ejemplo- pasan, aparentemente, de puntillas por la pantalla, de la misma forma en que, a veces, sucede en la vida. Después de reencontrarse un poco con su padre y consigo mismo, David tendrá que volver a vender altavoces de alta fidelidad, a intentar reconciliarse con la chica que le acaba de abandonar.

La última canción del Nebraska de Springsteen se podría traducir como Razón para creer. Pero, más allá del título del disco, de la austeridad en la producción, de la temática o del hecho de que todos -incluso en esas ocasiones en que las cosas no nos van del todo bien- encontremos una razón para seguir adelante, creo que Carlos F. Heredero (en su reseña en Caimán Cuadernos de Cine) es el que define perfectamente por qué Alexander Payne convoca en esta película al mejor Springsteen: por la necesidad de luchar por los ideales a pesar de los fracasos y de lo incompleta que pueda ser su consecución.


LAS HEBRAS DE MURPHY

Elliott MurphyAl abrir la caja del último álbum de Elliott Murphy, It Takes A Worried Man, te encuentras con un texto que asegura que entre melodías y ritmos seductores se esconden las hebras de una fábula, escenas de una de esas películas que se hacen ahora; quizá incluso capítulos de una novela minimalista o, en última instancia, los parámetros fantasmagóricos de un suceso multimedia ahí, en nuestros oídos.

Llegamos a la sala Clamores con tiempo. Nos acomodamos junto a la mesa de mezclas. Apareció algo antes de las diez, unos segundos después de que Olivier Durand saliera al escenario. Elliott Murphy llevaba gafas, sombrero y chaqueta blanca. Durand, de negro, me hizo olvidar muy pronto –bueno, la manera en la que su guitarra y la del rockero neoyorquino se hacen una sola- al bajo, al batería y a los teclados.

Tenía ganas de escuchar You Never Know What You’re In For en directo, de compartirla con personas importantes para mí. Intenté retener cada instante de On Elvis Presley’s Birthday y me gustó cuando, a mitad de Take A Walk On The Wild Side, Murphy nos contó sobre su amistad con Lou Reed. Más tarde, Durand y él se atrevieron a desenchufar los cables de las guitarras, a alejarse de los micrófonos para interpretar el Worried Man Blues.

Recuerdo haber mirado a la derecha antes de que acabase la última, la bellísima Green River. En la mesa de mezclas todo se resumía en niveles, en decibelios de colores que iban de acá para allá. A lo mejor, lo  que habíamos oído no había sido más que una sucesión de sonidos expresable en parámetros y que se podía controlar desde aquella mesa.

Ahora, estoy convencido de que me he traído a casa una de esas hebras –puede que lo que hubiese entre melodías y ritmos fuesen escenas de una película o capítulos de una novela, qué más da- de las que hablaba el texto de la caja de It Takes A Worried Man.


ÉSTA ES TU ESPADA

High HopesMe despiertan sus voces, no importa. Salgo del baño. Mi madre me acaba de dejar un Nescafé encima de la mesa. Mi hermano ya se ha ido al curso de patentes en el que te preparan para ese examen tan difícil. Mi padre llama antes de salir hacia el instituto, me cuenta qué tal va todo por Moguer.

Arreglo un par de asuntos en la universidad. En realidad, llevo toda la mañana pensando en que el nuevo álbum de Bruce Springsteen está en El Corte Inglés de Princesa. Quito el envoltorio en el autobús de vuelta a casa, empiezo a hojear el libreto con las letras, me detengo en Harry’s Place. Después de comer, le comento a mi madre que esta vez no voy a colgar en el blog mis impresiones del disco, que de High Hopes se ha dicho de todo.

He leído que Harry’s Place es de los textos más densos de Springsteen; estoy de acuerdo, me vienen a la memoria Tony Soprano y Gandolfini. Pero confieso que no puedo dejar de escuchar This Is Your Sword, quizá porque me lleva a los momentos folk de la gira Wrecking Ball que me acabaron gustando tanto.

Es hora ya de olvidarse de la música de Springsteen, aunque no me acuesto sin sentirme antes afortunado de poder recoger cuando haga falta la espada a la que el de Nueva Jersey se refiere en This Is Your Sword: la que será como un escudo si llegamos a observar el abismo, la de los padres con lecciones aprendidas, la que dice que nos aferremos a aquéllos que nos defenderán incluso si sucumbimos y la desesperación nos hace cerrar la mente y vaciar el corazón.

TRADUCCIÓN DEL ÁLBUM COMPLETO (JULIÀ SALAS) DISPONIBLE EN  www.stoneponyclub.es


UN HUECO RARO EN EL CORAZÓN

Ojos azulesAquí, en Madrid, no llueve como si el dios Tlaloc o la puta madre que lo parió hubieran roto las compuertas del cielo. Poco tiene que ver, supongo, esta tarde de lunes con la noche triste –así se conoce el episodio histórico que narra Arturo Pérez-Reverte en Ojos azules– en la que los soldados de Hernán Cortés intentaban salvar el pellejo en Tenochtitlán.

El oro pesaba pero le evitaría tener que volver a arar la tierra ingrata en la que había nacido, seca y maldita de Dios, tierra  de caínes esquilmada por reyes, curas, señores. Me gusta la manera en la que Reverte convierte la tarde gris de Madrid en aquella noche lluviosa mexicana de sangre, vísceras y ruido de tambores: así, sin preocuparse de que el lenguaje del soldado de ojos azules que pensaba (con un extraño hueco en el corazón) en una india no se corresponda con la época. Bueno, Pere Gimferrer es capaz de explicar mejor que yo en el prólogo por qué Pérez-Reverte logra que sea difícil no estar de acuerdo, leyendo las escasas páginas de Ojos azules, con esta frase de Emerson: comprendiendo un momento de la vida de un hombre, podremos comprender toda su vida. 

Me viene a la memoria una historia muy similar, puede que sea la misma -cuesta a veces entender a Neil Young-, la canción Cortez The Killer. En el tema del músico canadiense tiempo y espacio también se mezclan, aunque de otra manera: hay un verso que dice algo parecido a construían con sus manos desnudas lo que todavía no podemos hacer hoy, poco después el protagonista afirma que sabe que ella está viviendo allí y lo ama hasta este día.

Es 2014 y en Madrid ya es de noche. Pongo Cortez The Killer, a ver si me entero de a qué se refiere realmente Neil Young con lo de todavía no recuerdo cuándo o cómo perdí mi camino. Sigo sin entender del todo la canción, pero ahora los sonidos de Neil Young y los Crazy Horse parecen decirme algo parecido a lo que le decían al soldado de ojos azules los tambores de Tenochtitlán: Teules malditos, perros, vais a morir todos hasta el último, y pagaréis el deshonor de nuestros ídolos, y vuestra sangre correrá por las aras y los escalones de los templos, y me acuerdo de la última frase del soldado (ya su corazón en manos del sacerdote azteca): Ojalá mi hijo tenga los ojos azules.


Y SE LLAMA GEORGE MILESON

Setlist original

Setlist original

George Mileson se ha dado una vuelta esta noche por el Moby Dick Club. Tengo entendido que nació en los pantanos de Jersey –donde, según Bruce Springsteen, los mosquitos crecen grandes como aviones. Mileson es una leyenda en los clubs de Asbury Park, NJ desde finales de los sesenta.

Apareció por el escenario sobre las nueve y media, una media hora antes de lo previsto. Nunca había escuchado Devils & Dust en directo (Sólo estoy intentado sobrevivir / qué sucede si lo que haces para sobrevivir / mata a las cosas que amas / El miedo es algo poderoso, cielo / puede hacer que tu corazón se vuelva negro…), tampoco Back In Your Arms ni Tougher Than The Rest.

Ya con camisa negra remangada y chaleco, esta vez arropado por su banda, George Mileson volvió al escenario. Después del tradicional ¿Hay alguien vivo ahí afuera? empezó a sonar Radio Nowhere. Se atrevió con la versión larga, la del ’78, de Prove It All Night y nos emocionó, al menos a los de la primera fila, con la contenida Racing In The Street –o cómo sentirte culpable por haber acabado con los sueños de la persona que decide compartir contigo su vida.

Mileson se paseó por la barra de la Moby Dick, surfeó entre los brazos de la multitud y aseguró que la mayor parte de los temas que iba a interpretar eran peticiones (entre ellas Car Wash, Man At The Top y  Blood Brothers). Le fue imposible dejarnos sin Thunder Road.

En realidad, la sala Moby Dick está cerca de la Castellana y no en la costa de Jersey. George Mileson nació en Barcelona en 1975 y se curtió en el Berklee College Of Music. Ha publicado dos álbumes con temas propios; su último trabajo, Leap Of Faith, recoge versiones de canciones de Springsteen. Qué más da. He llegado a casa con una sensación que ya conocía. Sí. Esta noche he visto a Bruce Springsteen. Y se llama George Mileson.


EN LAS CUERDAS DE UNA VIEJA GUITARRA

Neil YoungEran las once menos veinte. Con el mismo aire despreocupado con el que había aparecido hora y media antes por el escenario del Theatre Antique de Vienne, Neil Young empezó a frotar la Old Black convencido de que los acordes de Ramada Inn (más de un cuarto de hora de canción, el relato de dos vidas en apenas unas líneas) estaban también anoche en las cuerdas de su vieja guitarra.

El Theatre Antique no es un espacio elegante en la capital austríaca, se trata del teatro romano de un pueblo de treinta mil habitantes a orillas del Ródano. Veinte siglos atrás, el proscenio era el lugar en el que se desarrollaba la acción dramática; ayer era el sitio perfecto para ver muy de cerca el que quizá sea uno de los últimos encuentros del músico canadiense con los Crazy Horse (la banda californiana de la que se rodea Young cuando quiere divagar con la guitarra eléctrica, una especie de conversación en la que la melodía principal reaparece cuando ya parece que ha sido absorbida por el ruido).

Francis se queda con la parte acústica (la sencillez de Red Sun, la belleza de Heart Of Gold, esa forma tan particular de interpretar Blowin’ In The Wind y las manos de viejo sobre el piano en Singer Without A Song), mi hermano recordaba en el coche, de regreso, la conexión que se creó con el público francés a partir de la inesperada Sedan Delivery. Llego al final de las fotos, la última nos la hicimos cuando paramos a echar gasolina. No recuerdo dónde. Era muy tarde, quedaban más de cien kilómetros y estábamos destrozados. No parece que a ninguno nos importase demasiado.


DE POLÍGONOS INDUSTRIALES Y ESTADIOS DE FÚTBOL

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No andábamos esta vez en un polígono industrial de Mejorada del Campo. Atrapados en un atasco a pocos kilómetros del campo del Borussia de Mönchengladbach. Bea no sabía si apagar la radio o dejarla encendida, yo miraba el reloj del coche. 19:35. Era probable que Bruce Springsteen ya estuviera sobre el escenario.

P1, P2, P3, P4, P5 llenos. La radio anuncia 10 kilómetros de retenciones. Ocho plazas libres en el P6, lo dejamos el el P7. Aparece el Borussia-Park, a Bea le da por comprarse un bretzel. Llegamos a la Nordtribüne. Sale Springsteen y empieza a sonar Jackson Cage. My Love Will Never Let You Down, Better Days, Shake, Rattle And Roll y el estreno de One Way Street. Nadie se levanta, aplausos al final de cada canción. Allí, en un estadio entre Aquisgrán y Mönchengladbach, todo verde a los lados de la autopista, estaba el concierto que muchos llevaban años esperando.

El inicio soñado me estaba empezando a pesar. A cien metros del escenario, rodeados de cincuentones alemanes. Sabía que Point Blank -tan deseada- no era lo que yo andaba buscando. Mary’s Place y el trago de cerveza en Hungry Heart, Bea ya sonreía en Trapped, imposible permanecer sentados durante Man’s Job.

Acabó el Rockin’ All Over The World de Fogerty. Me acordé de una mañana en Mejorada del Campo, una Coca-Cola en un bar de camioneros esperando a que abriese una ferretería. Sonaba todo a despedida. Volviendo al P7 no pensaba en Candy’s Room ni en Thunder Road. Bea me contaba sus escarceos con el teatro, sonriendo de esa manera tan suya. A veces no hay tanta diferencia entre comprar un cilindro de papel de burbujas y pasar tres horas con Bruce Springsteen. Y eso a mí me basta.


CASI MEJOR ASÍ

Willie NileNo había esta noche en la sala El Sol escenarios capaces de girar 360º, tampoco pantallas del tamaño de una pista de tenis. Yo con mi camiseta de Bruce Springsteen, delante una verde de Tom Petty, las había de The Gaslight Anthem. El que salía en el cartel era Willie Nile, un músico norteamericano de más de sesenta años del que hasta hace un par de días desconocía todo.

Nile reconoce que su país no es perfecto. Canta contra la Guerra Santa, se acuerda de los más débiles y no le cuesta dejar la guitarra eléctrica a un lado para hablar de amor. Quizá fuese sólo que esta vez el sonido no rebotaba contra los muros de una plaza de toros cubierta ni se perdía en la inmensidad de un estadio, me pareció que a Willie Nile le habían bastado dos horas para demostrar que él también sabe de qué va el rock and roll.

Llego a casa. No puedo evitar ponerme los auriculares y buscar en el YouTube Love Is A Train. Sé que, aunque las líneas sean las mismas y se escuche bastante bien, es imposible sentir lo mismo que hace un rato cerca de la Gran Vía. Casi mejor así.


LA MÚSICA Y EL RECUERDO

Al parecer, el tipo aquel era un chico que había vivido en algún país europeo mucho tiempo atrás (…). En su cabeza Mick podía recordar unas seis melodías diferentes (…). Algunas eran rápidas y tintineantes, y había otras que eran como el perfume de la primavera después de la lluvia. Pero todas de algún modo la entristecían y excitaban al mismo tiempo. Estas líneas las escribió en 1940, con veintitrés años, la autora norteamericana Carson McCullers; me vinieron ayer a la cabeza cuando me dio por pensar que de la misma manera que hace algún tiempo recurría a las grandes citas deportivas para ordenar recuerdos (aquello sucedió en el 98, el mundial era en Francia), ahora no me cuesta asociar una canción o un disco a veranos, a etapas pasadas más o menos felices e incluso a épocas de exámenes concretas (la aprobé en junio 2011, mientras la estudiaba sonaba Grey Riders). Siempre me ha llamado la atención la relación entre música y aritmética, cuando en la Escuela de Teleco te enseñan todo sobre la frecuencia, la amplitud, la longitud de onda y los armónicos me acuerdo de los pitagóricos. Curioseando por Internet encuentras formas muy diversas de entender esta combinación entre sonidos y silencios que -a pesar de los intentos de músicos, teóricos, filósofos, escritores- parece imposible de definir de manera absoluta. Canturreó para sí una de las melodías (…) sintió que las lágrimas afluían a sus ojos. Se le hizo un nudo en la garganta y ya no pudo seguir cantando. Rápidamente escribió el nombre de aquel individuo en el primer lugar de la lista: MOTSART. Y es que quizá la música sea distinta al resto de las artes, no me imagino a ninguna otra causando este efecto en Mick (la chica del texto de McCullers, un personaje solitario y marginal de una pequeña ciudad al sur de los Estados Unidos).