Archivo de la categoría: otros

ENIGMA

Alan TuringSegún el actual ministro de Justicia británico, Chris Grayling, Alan Turing fue un hombre excepcional con una mente brillante que salvó miles de vidas. El nombre me sonaba de Transmisión de Datos, de la Máquina de Turing (un dispositivo capaz, de manera accesible e intuitiva, de implementar cualquier problema matemático representable mediante un algoritmo). Leo ahora que Turing está considerado como el precursor de la informática moderna; también es conocido por solucionar el conocido como problema de decisión (demostró que es imposible encontrar un algoritmo general capaz de decidir si una función de cálculo de primer orden es un teorema), por diseñar el primer programa de ajedrez por computadora y por el Test de Turing (útil para probar la inteligencia de una máquina).

El trabajo de Turing durante la Segunda Guerra Mundial fue fundamental para descifrar los códigos de la máquina Enigma (adoptada por las fuerzas militares alemanas desde 1930 para cifrar y descifrar mensajes). Para ello, Turing diseñó una máquina electromecánica, conocida como bombe, capaz de replicar varias máquinas Enigma y de desechar combinaciones cuando se producía una contradicción. Gracias a su contribución, los aliados pudieron anticipar los movimientos y los ataques de las tropas nazis.

Alan Turing tuvo que admitir su homosexualidad en 1952; decidió no defenderse y le dieron a elegir entre la cárcel y la castración química. Se sometió a inyecciones de estrógenos y acabó desarrollando pechos. Dos años después de ser condenado, Turing se suicidó (o eso dice la versión oficial) tras ingerir una manzana contaminada con cianuro.

Ayer, la Corona británica concedió el indulto a Alan Turing. No sé si es del todo una buena noticia: han pasado sesenta años y no queda muy claro si, a los ojos de los que han concedido el indulto, Turing ha dejado de ser un indecente y un degenerado. Al menos ha valido para recordarnos que hay ciertas leyes (la homosexualidad fue delito en Reino Unido hasta 1967) capaces de causar injusticias tan difíciles de entender como los códigos que generaban las máquinas Enigma.


DESTINADOS A CAUTIVAR

Cualidades excepcionales inaccesibles para las personas ordinarias. Tal vez  la suma de una serie de rasgos de personalidad que se complementan de manera única en un determinado individuo. A casi todos nos gustaría –por mucho que nos sea inevitable afirmar que el supuesto líder carece de talento y preparación- ser capaces de atraer como quien no quiere la cosa.

He estado echando un vistazo por Internet y, al parecer, el carisma es algo innato que va más allá de los méritos intelectuales o profesionales. Lo cierto es que no tengo demasiado claro que esta forma de poder (Max Weber la considera un tipo de autoridad, a la altura de la consuetudinaria, la tradicional, y de la racional o legal) sea un rasgo de personalidad equiparable a la amabilidad o a la apertura a la experiencia.

Es posible que, en algunos casos, las circunstancias del entorno, los factores ajenos a la interioridad del individuo, sean algo más que simples moderadores (en el sentido de que pueden potenciarlas o disminuirlas) de unas cualidades intrínsecas a ciertas personas. Quizá no sea tanta la distancia que nos separa de aquéllos –no se puede negar que los hay- que desde un principio parecen destinados a cautivar.

Más allá de la ambición de cada uno y de que haya veces que no entendamos qué hace tal persona ocupando nuestro lugar –y sea o no posible eso de forjarse una personalidad magnética-, creo que no conviene olvidar que lo que hace irresistible a alguien no es necesariamente algo bueno. Buscando información sobre el carisma he leído una expresión griega que me sonaba de las clases de filosofía del instituto (kalos kai agathos); viene a relacionar, hay varias interpretaciones, lo hermoso (lo atractivo) con lo bueno. Quizá no sea éste un mal camino para atraer sin pretenderlo.


ME PONGO LOS GUANTES, CIERRO EL ABRIGO Y ME ANUDO LA BUFANDA

Navidades en Madrid

Cuando era pequeño desayunábamos en El Trébol. Echaba el sobre entero, la leche salía tan caliente de la máquina que el Cola-Cao se disolvía enseguida. En la calle hace frío. Navidades en Madrid. Mi madre nos lleva a esa cafetería de perritos calientes de Príncipe de Vergara a la que iba abuelo Juan, a ver la tienda de trenes de juguete o a cualquier otro sitio de los que nos gustan. Mi padre, al subir las escaleras de la boca del metro, me recuerda que hay que anudarse la bufanda y cerrar el abrigo, que es ese el momento en que uno se enfría; venimos de dar una vuelta por las galerías de la calle Orfila, de tomar algo en El Halcón maltés, ese bar de taburetes granates. Con abuelo a Cortilandia –enfrente de El Corte Inglés de Felipe II, la cola es larga, llevo guantes pero me gusta que me coja de la mano-, un paseo por El Retiro. La bolera, el teleférico, el Palacio de Oriente, el cine, el Bernabéu, el Reina Sofía, un partido de baloncesto.

Ha caído el turismo en la capital. Después de lo de las olimpiadas parece inevitable hablar de la deuda, de la Caja Mágica, de la suciedad, de que el metro tarda más en una ciudad cuya imagen más reconocible es, para muchos visitantes, el Museo del Jamón. El Trébol sigue abierto, la gente pasea por El Retiro y el otro día se inauguró la temporada en las galerías de arte. Aunque se cierren teatros, cancelen el Festival de Jazz y digamos que la noche de Madrid no es la que era, a pesar de que ayer la sala de un cine de versión original estaba casi vacía, me volveré a sentir bien cuando el frío acabe por llegar del todo a Madrid. Salgo del metro, me pongo los guantes, cierro el abrigo, me anudo la bufanda.


LAS CARPETAS CON LA SILUETA DEL EDIFICIO

Llegaba con tiempo. Con suerte alguien de la clase ya estaba allí, en la Plaza Niña, en Huelva. Bajaban los de la hora de antes, un par de comentarios subiendo las escaleras, las clases en la Academia Edimburgo no se hacían pesadas. Me gustaron siempre las carpetas con la silueta del edificio.

En Huelva, en la capital, cuesta encontrar monumentos. Mil quinientas hectáreas de Polo Químico –tan onubense para algunos como el Recreativo, el choco o la gamba blanca- rodean la ciudad y dan empleo a más de seis mil trabajadores. Balsas de fosfoyesos que emiten radiación veintisiete veces por encima de lo permitido, uranio 235 y 238, radón 222, polonio 210, radio 226 y plomo 210. El índice de cáncer de pulmón en la provincia es el más elevado de España, el riesgo de padecerlo un 50% mayor.

Antes de leer en el Huelva Información la noticia de su fallecimiento a los 68 años, no me sonaba el nombre de José Pablo Vázquez Hierro. Vázquez presidió y fue socio fundador de la Mesa de la Ría (una agrupación dedicada a la recuperación de las Marismas del Tinto), fue decano del Colegio de Arquitectos de Huelva. Mi padre me dice ahora que lo conocí, en la Galería de Arte Fernando Serrano, hace años. Él apostaba por una Huelva diferente, una calle peatonal remodelada no bastaba. Vázquez deja también algunas de las construcciones singulares que hay en Huelva. El edificio de la Academia Edimburgo entre ellas.


LOS PISTACHOS SOBRE UNA SERVILLETA

Me encantaba la máquina que había en Los Azahares encima de la barra, una en la que metías cinco duros por la ranura y girabas hasta que caían todos los pistachos sobre una servilleta. Al rato salíamos a la Plaza de las Monjas; el espacio entre dos naranjos -o la puerta del Convento de Santa Clara- valía como portería. Los mayores decidían que había que volver a casa, vas creciendo y acaba por llegar el momento de dejar de jugar al fútbol en la calle.

Donde estaba Los Azahares ahora hay una clínica Vital Dent, desconozco casi todo de muchos que fueron cercanos durante la infancia y que parecían para siempre. Este verano he viajado con mi hermano, con amigos que conocí en el instituto, en la universidad, en la tertulia. Los pistachos me gustan todavía, sigue habiendo niños jugando al fútbol entre los árboles de la Plaza de las Monjas. Seguro que esta vez nada se deteriora.


EL PRESTIGIO DE LO NEGATIVO

Justo allí, en ese instante, como si estuviese todo escrito; sonreímos y seguimos contando la sucesión de acontecimientos (poco probables, menos aún encadenados) que nos llevó a encontrar trabajo o a conocer a alguien, la que explica que nuestra vida sea así y no de otra manera.

Aparecen sucesos que, por inverosímiles que a priori resultasen, acabaron dándose; si seguimos escarbando tropezamos con otros de cuyas consecuencias –tan temidas entonces- no hay ni rastro hasta el momento. Últimamente me ha dado por pensar en la facilidad con la que suponemos, cuando creemos haber acertado al decidir tal cosa, que las otras alternativas habrían sido malas (si juzgamos la elección como errónea resulta inevitable estar convencido de que la opción descartada era la buena).

Hoy viene en Babelia un artículo sobre el prestigio que tiene lo negativo (la filosofía convertida en la ciencia triste de la que hablaba Adorno), quizá esté en lo cierto el autor del texto cuando asegura que no es muy recomendable dar al presente el carácter de definitivo (jamás voy a). A lo mejor se trata de olvidarse a ratos del pasado, de las causas, de las consecuencias y del vacío que a veces queda cuando consigues lo que tanto tiempo llevabas esperando; de dejar un poco de espacio a esas circunstancias (hay infinidad de ellas) que etiquetamos como casualidades, de no menospreciar los momentos en los que simplemente estamos bien.


COMO SI LAS VOLTERETAS NO HUBIESEN CESADO

Los Montes Torozos, en Tierra de Campos, apenas superan los 800 metros, no se caracterizan por sus kilómetros esquiables; al tío Miguel le gusta contar cuando él y sus amigos se inventaron lo de la Asociación Palentina de Esquí. Años después, mi tío me daba una especie de volteretas en el aire cuando coincidíamos en La Torre. Entonces lo de viajar no era tan frecuente, ponerse una gorra de los Orlando Magic o la camiseta con la que Argentina iba a jugar el Mundial del 98 era suficiente para un niño de diez años.

Aquel viaje a La Coruña, la tradición de ir al cine el primer día de cada año. Hay veces que pienso en lo difícil que es sujetar con la fuerza con que nos gustaría los instantes del pasado, por felices o incluso nítidos que ahora aparezcan. Reconforta saber que con el tío Miguel siempre habrá momentos de éstos, y que, a pesar de todo, sí que hay vivencias que mantienen la intensidad, como si las volteretas no hubiesen cesado.


ESTA VEZ, JUAN, ES UNA DE ESAS

No leemos libros de El barco de vapor, hace mucho que dejamos de inventarnos juegos y deportes. Entonces yo prefería el Cola-Cao y me encantaban las serpientes (al menos en fotos). A ti te iban más los mapas que los reptiles.

Desde que oí decir eso de que no vale con conquistar la Libertad, que hay que seguir dando pedales para mantenerla, he estado pensando en aquello que se da por supuesto, esas cosas que siempre estarán ahí (o al menos eso parece). Caigo en la cuenta de que quizá sean éstas las que de verdad importan y me acuerdo de que en unos días mi hermano Juan cambiará Madrid por la Provenza.

Ya sabes que se me pasó lo de las serpientes, ahora soy de café. Hay ocasiones en las que el tiempo -me emociono, aquí danzando andan las imágenes de tantos instantes pasados felices- y los kilómetros no logran cambiar nada. Esta vez, Juan, es una de esas. No voy a dejar de pedalear.


YA PARA EL SIGUIENTE

DespegueNo suelo leer los reportajes de El País Semanal pero el otro día hice caso a mi hermano Juan y eché un vistazo a Un fogonazo en la jungla. Jacinto Antón intentó de pequeño poner un hámster en órbita, se le adelantaron los rusos. Habla del cofre de las estrellas, describe el despegue de un cohete como una luz vibrando en la noche; al conocer al consejero delegado de Hispasat le preguntó por el romanticismo de su trabajo. Compartí habitación con una rana: no parecía venenosa, pero por si acaso no la dejé subir a la cama. Me gustan estos toques, también la atmósfera un poco de libro de Tintín (la inevitable referencia al rojiblanco, tan bello, cohete lunar de Tornasol) que, o al menos a mí me lo parece, envolvió el viaje del reportero Jacinto Antón a la Guayana francesa para ver el lanzamiento de un Ariane 5.

Te va a venir bien para escribir, me aseguró mi hermano. No me veo acabando uno de mis posts con algo parecido a había visto volar al cohete, al fin, resplandeciente y con fuego en las entrañas, y parte de mí se dirigía hacia las estrellas; no suelo incluir detalles más o menos simpáticos en mis escritos. Desconozco si Jacinto Antón es siempre tan entusiasta cuando escribe, quizá todo se deba a que con esta experiencia exótica vio cumplido uno de sus sueños.

No se me puede olvidar darle las gracias a Juan por recordarme que es importante escribir sobre lo que realmente te apasiona, que se puede aprender mucho de estilos muy distintos al tuyo, que -a veces- es fácil encontrar belleza en la ciencia. Tengo que acordarme también de lo de los toques al estilo del de la rana venenosa. Bueno, ya para el siguiente.


EL JUEGO DE LA THATCHER

Hacía tiempo que no me daba una vuelta por el Laboratorio de Programación de mi Escuela. Allí sentado han pasado rápidas las horas de esta semana que se va, intentando que unos muñequitos abandonasen un hotel en llamas con la mayor rapidez posible y sin acercarse en exceso al fuego. El primer día de Simulación Social Basada en Agentes tratan de convencerte de que esta disciplina –esto va de modelar el comportamiento de unos agentes de manera que puedas ver algo parecido al futuro para actuar en consecuencia en el presente- es una herramienta imprescindible para, por ejemplo, ser capaz de predecir allá donde no llegan las ecuaciones matemáticas, donde es difícil o muy costoso realizar simulacros. En este caso los agentes eran personas cuya probabilidad de escapar con vida dependía de lo acertado del plan de evacuación.

Esta mañana he leído el último artículo de Vargas Llosa en El País, ese en que, orgulloso, se proclama liberal y ensalza la figura de la Gran Dama (Margaret Thatcher). El Nobel peruano habla de reformas radicales que salvaron a un país castrado por un socialismo anticuado y letárgico, de sacrificios enormes. Desconozco casi todo de la Dama de Hierro, los ochenta me pillaron de pasada, no sé si esta señora a la que John Carlin define como repelente por su marcial patrioterismo, por su nostalgia imperial, por su estrechez mental y por su obstinada forma de ser fue la salvadora del pueblo británico (como afirma Vargas Llosa) o si creer a Carlin cuando dice que son los argentinos los que tienen una deuda impagable con Margaret Thatcher (sin duda la Gran Libertadora del siglo XX, capaz de echar de Argentina a los nazis que por entonces la gobernaban).

En la práctica de Simulación Social Basada en Agentes, cuando se quemaban más agentes de la cuenta era cuestión de modificar un poco algunos parámetros, quizá de inventarse un nuevo protocolo tras hacer unas cuantas simulaciones. En el juego de la Thatcher murieron mil agentes (soldados de uno y otro bando), cientos de miles perdieron su trabajo y sus casas. A veces da la impresión de que los que toman las grandes decisiones –y muchos de los que sobre ellas opinan convencidos- tienden a olvidar que los números de sus informes, las barras de las gráficas que guardan en sus carpetas representan a personas que, por fortuna, se comportan de manera compleja e impredecible.