DESTINADOS A CAUTIVAR

Cualidades excepcionales inaccesibles para las personas ordinarias. Tal vez  la suma de una serie de rasgos de personalidad que se complementan de manera única en un determinado individuo. A casi todos nos gustaría –por mucho que nos sea inevitable afirmar que el supuesto líder carece de talento y preparación- ser capaces de atraer como quien no quiere la cosa.

He estado echando un vistazo por Internet y, al parecer, el carisma es algo innato que va más allá de los méritos intelectuales o profesionales. Lo cierto es que no tengo demasiado claro que esta forma de poder (Max Weber la considera un tipo de autoridad, a la altura de la consuetudinaria, la tradicional, y de la racional o legal) sea un rasgo de personalidad equiparable a la amabilidad o a la apertura a la experiencia.

Es posible que, en algunos casos, las circunstancias del entorno, los factores ajenos a la interioridad del individuo, sean algo más que simples moderadores (en el sentido de que pueden potenciarlas o disminuirlas) de unas cualidades intrínsecas a ciertas personas. Quizá no sea tanta la distancia que nos separa de aquéllos –no se puede negar que los hay- que desde un principio parecen destinados a cautivar.

Más allá de la ambición de cada uno y de que haya veces que no entendamos qué hace tal persona ocupando nuestro lugar –y sea o no posible eso de forjarse una personalidad magnética-, creo que no conviene olvidar que lo que hace irresistible a alguien no es necesariamente algo bueno. Buscando información sobre el carisma he leído una expresión griega que me sonaba de las clases de filosofía del instituto (kalos kai agathos); viene a relacionar, hay varias interpretaciones, lo hermoso (lo atractivo) con lo bueno. Quizá no sea éste un mal camino para atraer sin pretenderlo.

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Y SE LLAMA GEORGE MILESON

Setlist original

Setlist original

George Mileson se ha dado una vuelta esta noche por el Moby Dick Club. Tengo entendido que nació en los pantanos de Jersey –donde, según Bruce Springsteen, los mosquitos crecen grandes como aviones. Mileson es una leyenda en los clubs de Asbury Park, NJ desde finales de los sesenta.

Apareció por el escenario sobre las nueve y media, una media hora antes de lo previsto. Nunca había escuchado Devils & Dust en directo (Sólo estoy intentado sobrevivir / qué sucede si lo que haces para sobrevivir / mata a las cosas que amas / El miedo es algo poderoso, cielo / puede hacer que tu corazón se vuelva negro…), tampoco Back In Your Arms ni Tougher Than The Rest.

Ya con camisa negra remangada y chaleco, esta vez arropado por su banda, George Mileson volvió al escenario. Después del tradicional ¿Hay alguien vivo ahí afuera? empezó a sonar Radio Nowhere. Se atrevió con la versión larga, la del ’78, de Prove It All Night y nos emocionó, al menos a los de la primera fila, con la contenida Racing In The Street –o cómo sentirte culpable por haber acabado con los sueños de la persona que decide compartir contigo su vida.

Mileson se paseó por la barra de la Moby Dick, surfeó entre los brazos de la multitud y aseguró que la mayor parte de los temas que iba a interpretar eran peticiones (entre ellas Car Wash, Man At The Top y  Blood Brothers). Le fue imposible dejarnos sin Thunder Road.

En realidad, la sala Moby Dick está cerca de la Castellana y no en la costa de Jersey. George Mileson nació en Barcelona en 1975 y se curtió en el Berklee College Of Music. Ha publicado dos álbumes con temas propios; su último trabajo, Leap Of Faith, recoge versiones de canciones de Springsteen. Qué más da. He llegado a casa con una sensación que ya conocía. Sí. Esta noche he visto a Bruce Springsteen. Y se llama George Mileson.


LA FIESTA DEL CINE

La fiesta del cine

La entrada nos costó casi diez euros. Prisioneros (Denis Villeneuve, 2013) no es una película violenta. La violencia que se muestra es suficiente para darse cuenta de que no es ésta sólo una consecuencia desagradable –más o menos entendible, han secuestrado a la hija del protagonista- del miedo, de las ganas de vengarse, de la culpa, de la desesperación, del amor: es también, una vez que se empieza parece que no hay vuelta atrás, la causa de comportamientos que destrozan la esencia de las personas. La sala 5 del Ideal, en Madrid, desierta. Ya no voy al cine con demasiada frecuencia, tanto como el precio me sorprendió encontrarme con un thriller tan personal, capaz de mantener la tensión durante más de dos horas y media.

Vinieron bien, tres o cuatro días después, esos vales de Cinesa (de hecho, aún le debo a Raúl los cinco euros de la entrada). Nos reímos mis amigos y yo viendo Una cuestión de tiempo (Richard Curtis, 2013), una comedia romántica, con su inevitable moraleja, en la que al protagonista y al resto de hombres de su familia les basta con encerrarse en un lugar pequeño y oscuro (tipo armario o despensa) y apretar los puños para trasladarse al instante pasado de su vida en el que están pensando; una vez cumplidos los 21, eso sí. La forma de viajar en el tiempo encaja con el tono de la película, todos los personajes acaban cayendo bien y me gustó la manera en la que Curtis aborda las relaciones entre hermanos, entre padres e hijos, de pareja.

Entradas a dos noventa. Llegué a la plaza en la que está el Ideal con mi cupón de La fiesta del cine en el bolsillo, la cola daba la vuelta a la manzana. El ambiente era más bien festivo y, entre una cosa y otra, la hora de espera no se nos hizo demasiado larga. Llegamos tarde a Rush –mejor, así nos dio tiempo a tomar algo antes-, los que ya habíamos visto Prisioneros entramos en Capitán Phillips (Paul Greengrass, 2013): la historia, basada en hechos reales, del secuestro de un carguero por parte de piratas somalíes. Greengrass narra con elegancia, con fuerza; Capitán Phillips resultó ser más crítica de lo que esperaba, de lo que a simple vista parece.

No sé si es sostenible esto del cine a tres euros ni si, suponiendo que se mantuviese el espíritu de La fiesta del cine, los espectadores estaríamos dispuestos a aguantar una hora de pie para conseguir una entrada. Después de esta semana de cine y en vista de que es poco probable que mis entradas sigan recortando sus precios por la mitad, voy a tener que decirle a Raúl que pida más de esos cupones de Cinesa, que hacer caso a Héctor y sacarme la tarjeta de los cines Yelmo. Ahora quiero ver Gravity y alguna otra, a ser posible en una sala que no esté casi vacía. Quedan lejos los días en que ir al cine era algo normal y las buenas películas formaban parte de los buenos recuerdos.


ME PONGO LOS GUANTES, CIERRO EL ABRIGO Y ME ANUDO LA BUFANDA

Navidades en Madrid

Cuando era pequeño desayunábamos en El Trébol. Echaba el sobre entero, la leche salía tan caliente de la máquina que el Cola-Cao se disolvía enseguida. En la calle hace frío. Navidades en Madrid. Mi madre nos lleva a esa cafetería de perritos calientes de Príncipe de Vergara a la que iba abuelo Juan, a ver la tienda de trenes de juguete o a cualquier otro sitio de los que nos gustan. Mi padre, al subir las escaleras de la boca del metro, me recuerda que hay que anudarse la bufanda y cerrar el abrigo, que es ese el momento en que uno se enfría; venimos de dar una vuelta por las galerías de la calle Orfila, de tomar algo en El Halcón maltés, ese bar de taburetes granates. Con abuelo a Cortilandia –enfrente de El Corte Inglés de Felipe II, la cola es larga, llevo guantes pero me gusta que me coja de la mano-, un paseo por El Retiro. La bolera, el teleférico, el Palacio de Oriente, el cine, el Bernabéu, el Reina Sofía, un partido de baloncesto.

Ha caído el turismo en la capital. Después de lo de las olimpiadas parece inevitable hablar de la deuda, de la Caja Mágica, de la suciedad, de que el metro tarda más en una ciudad cuya imagen más reconocible es, para muchos visitantes, el Museo del Jamón. El Trébol sigue abierto, la gente pasea por El Retiro y el otro día se inauguró la temporada en las galerías de arte. Aunque se cierren teatros, cancelen el Festival de Jazz y digamos que la noche de Madrid no es la que era, a pesar de que ayer la sala de un cine de versión original estaba casi vacía, me volveré a sentir bien cuando el frío acabe por llegar del todo a Madrid. Salgo del metro, me pongo los guantes, cierro el abrigo, me anudo la bufanda.


DESEOS TAN PODEROSOS Y COSAS TAN EXTRAORDINARIAS

No recuerdo, quizá nunca lo haya sabido, el motivo por el que, hace ya mucho, a mi hermano y a mí nos dio por Canadá: un país lejano e inmenso del que conocíamos ríos, provincias y ciudades; el territorio en el que nacieron algunos de los deportistas que entonces admirábamos y en el que suceden la mayor parte de las historias de Alice Munro, la escritora de 82 años ganadora del último Premio Nobel.

A mi hermano la mirada de Munro –comprensiva, humana, poco afectada, tan aguda- le lleva a la tierra de los antepasados de la escritora canadiense, a Escocia, a la ciudad de Edimburgo nevada, a un pub en el que se está bien (puede que sea el olor a madera, a cebada; quizá sea eso que pasa cuando vas a aprender inglés al extranjero, gente que parece de siempre durante unas pocas semanas y a la que sabes que nunca más vas a volver a ver), al cuento de Munro en que una maestra joven conoce a un chico en el Trans Canada Train. La maestra mira al pasado desde el vagón panorámico, el tren pilla a alguien. No son personas vulgares para mí. No pueden serlo cuando tienen deseos tan poderosos y hacen a veces cosas tan extraordinarias, dice la autora cuando se le pregunta por sus personajes.

De Munro he leído la colección de relatos recopilada bajo el título de Amistad de juventud. Fue hace algún tiempo y he olvidado muchas de las circunstancias concretas que se cuentan (y de lo que se desprende de la escritura lisa y serena que se asoma a comportamientos desorbitados que irrumpen en la normalidad ya lo han dicho todo Muñoz Molina y muchos otros durante los últimos días), pero lo cierto es que me hizo ilusión que le concediesen el Nobel, regresé a los tiempos en los que me alegraba de las victorias del golfista canadiense Mike Weir o de los éxitos del jugador de baloncesto Steve Nash, o -más recientemente- del Premio Príncipe de Asturias de Leonard Cohen.

El libro de Munro en el que mi hermano estaba leyendo aquello de la maestra del tren se perdió en el aeropuerto. No estaba en objetos perdidos. Una historia incompleta esta de Edimburgo, puede que acabase con el regreso de mi hermano a España o que sea cierto eso que leí hace poco de que en la vida, al contrario que los libros, nada termina. Sí que recuerdo de Amistad de juventud el talento de Munro para finalizar historias, también para ocultar o retrasar la aparición del hecho principal. Reconozco que me han entrado ganas de volver a colgar la bandera de Canadá, con su hoja de arce, en mi habitación; creo que esta vez toca alegrarse porque ha ganado la literatura.


TAN GENEROSA COMO EL AMOR

Richard Ford y Raymond CarverCuando se cruzó con él, en 1977, Richard Ford no sabía quién era Raymond Carver. Entonces Ray -así lo llama en su libro autobiográfico Flores en las grietas– no era conocido como el Chejóv americano y el Raymond Malo todavía estaba al acecho. En aquel primer encuentro (sucedió en uno de esos festivales literarios que se celebran en las universidades americanas) Carver leyó ¿Qué es lo que quiere?, un relato que parecía que nunca hubiese pensado leer en voz alta, y con el que Ford experimentó un placer vertiginoso: un objeto fabricado que en nada se parecía a la vida, algo más bien abstracto, capaz de intensificarla y dignificarla.

En el 77 Carver era serio, reservado e inseguro. Alguien asustadizo al que se le notaba que no hacía demasiado había estado contra las cuerdas. Pelo enmarañado, manos rudas, patillas largas. Flaco, huesudo y mal vestido. Una persona obligada a desprenderse de cosas buenas y malas en el mismo paquete y a la que no le quedaba otra que enfrentarse a la vida de manera directa. El capítulo de Flores en las grietas en el que Ford habla de su amigo se titula El buen Raymond. Carver era incapaz de sentirse feliz del todo si el otro no compartía su alegría, Ray era un alma bendita (logró dejar atrás al Raymond Malo, a pesar de que el término le divertía) para la que el tiempo era algo valioso y que consideraba, esto se ve en sus relatos, que la vida –en particular la vida con los demás- era todo lo que había.

Carver –llegando a extremos ridículos para evitarla- odiaba la confrontación con la que tanto disfruta Ford. Según éste, Carver era el hombre físicamente más inepto que jamás había conocido y el que peor comía. Dejando a un lado las curiosidades biográficas y la manera en que éstas influyeron en la obra de Carver, me quedo con el párrafo en que Ford está convencido de que cualquiera podría haber querido a Raymond Carver (la misma persona en cualquier momento y en cualquier lugar) tanto como él, pues conocer la amistad de esta manera es comprender que no es excluyente, sino tan generosa como el amor.


LAS CARPETAS CON LA SILUETA DEL EDIFICIO

Llegaba con tiempo. Con suerte alguien de la clase ya estaba allí, en la Plaza Niña, en Huelva. Bajaban los de la hora de antes, un par de comentarios subiendo las escaleras, las clases en la Academia Edimburgo no se hacían pesadas. Me gustaron siempre las carpetas con la silueta del edificio.

En Huelva, en la capital, cuesta encontrar monumentos. Mil quinientas hectáreas de Polo Químico –tan onubense para algunos como el Recreativo, el choco o la gamba blanca- rodean la ciudad y dan empleo a más de seis mil trabajadores. Balsas de fosfoyesos que emiten radiación veintisiete veces por encima de lo permitido, uranio 235 y 238, radón 222, polonio 210, radio 226 y plomo 210. El índice de cáncer de pulmón en la provincia es el más elevado de España, el riesgo de padecerlo un 50% mayor.

Antes de leer en el Huelva Información la noticia de su fallecimiento a los 68 años, no me sonaba el nombre de José Pablo Vázquez Hierro. Vázquez presidió y fue socio fundador de la Mesa de la Ría (una agrupación dedicada a la recuperación de las Marismas del Tinto), fue decano del Colegio de Arquitectos de Huelva. Mi padre me dice ahora que lo conocí, en la Galería de Arte Fernando Serrano, hace años. Él apostaba por una Huelva diferente, una calle peatonal remodelada no bastaba. Vázquez deja también algunas de las construcciones singulares que hay en Huelva. El edificio de la Academia Edimburgo entre ellas.


LOS PISTACHOS SOBRE UNA SERVILLETA

Me encantaba la máquina que había en Los Azahares encima de la barra, una en la que metías cinco duros por la ranura y girabas hasta que caían todos los pistachos sobre una servilleta. Al rato salíamos a la Plaza de las Monjas; el espacio entre dos naranjos -o la puerta del Convento de Santa Clara- valía como portería. Los mayores decidían que había que volver a casa, vas creciendo y acaba por llegar el momento de dejar de jugar al fútbol en la calle.

Donde estaba Los Azahares ahora hay una clínica Vital Dent, desconozco casi todo de muchos que fueron cercanos durante la infancia y que parecían para siempre. Este verano he viajado con mi hermano, con amigos que conocí en el instituto, en la universidad, en la tertulia. Los pistachos me gustan todavía, sigue habiendo niños jugando al fútbol entre los árboles de la Plaza de las Monjas. Seguro que esta vez nada se deteriora.


EN LAS CUERDAS DE UNA VIEJA GUITARRA

Neil YoungEran las once menos veinte. Con el mismo aire despreocupado con el que había aparecido hora y media antes por el escenario del Theatre Antique de Vienne, Neil Young empezó a frotar la Old Black convencido de que los acordes de Ramada Inn (más de un cuarto de hora de canción, el relato de dos vidas en apenas unas líneas) estaban también anoche en las cuerdas de su vieja guitarra.

El Theatre Antique no es un espacio elegante en la capital austríaca, se trata del teatro romano de un pueblo de treinta mil habitantes a orillas del Ródano. Veinte siglos atrás, el proscenio era el lugar en el que se desarrollaba la acción dramática; ayer era el sitio perfecto para ver muy de cerca el que quizá sea uno de los últimos encuentros del músico canadiense con los Crazy Horse (la banda californiana de la que se rodea Young cuando quiere divagar con la guitarra eléctrica, una especie de conversación en la que la melodía principal reaparece cuando ya parece que ha sido absorbida por el ruido).

Francis se queda con la parte acústica (la sencillez de Red Sun, la belleza de Heart Of Gold, esa forma tan particular de interpretar Blowin’ In The Wind y las manos de viejo sobre el piano en Singer Without A Song), mi hermano recordaba en el coche, de regreso, la conexión que se creó con el público francés a partir de la inesperada Sedan Delivery. Llego al final de las fotos, la última nos la hicimos cuando paramos a echar gasolina. No recuerdo dónde. Era muy tarde, quedaban más de cien kilómetros y estábamos destrozados. No parece que a ninguno nos importase demasiado.


EL PRESTIGIO DE LO NEGATIVO

Justo allí, en ese instante, como si estuviese todo escrito; sonreímos y seguimos contando la sucesión de acontecimientos (poco probables, menos aún encadenados) que nos llevó a encontrar trabajo o a conocer a alguien, la que explica que nuestra vida sea así y no de otra manera.

Aparecen sucesos que, por inverosímiles que a priori resultasen, acabaron dándose; si seguimos escarbando tropezamos con otros de cuyas consecuencias –tan temidas entonces- no hay ni rastro hasta el momento. Últimamente me ha dado por pensar en la facilidad con la que suponemos, cuando creemos haber acertado al decidir tal cosa, que las otras alternativas habrían sido malas (si juzgamos la elección como errónea resulta inevitable estar convencido de que la opción descartada era la buena).

Hoy viene en Babelia un artículo sobre el prestigio que tiene lo negativo (la filosofía convertida en la ciencia triste de la que hablaba Adorno), quizá esté en lo cierto el autor del texto cuando asegura que no es muy recomendable dar al presente el carácter de definitivo (jamás voy a). A lo mejor se trata de olvidarse a ratos del pasado, de las causas, de las consecuencias y del vacío que a veces queda cuando consigues lo que tanto tiempo llevabas esperando; de dejar un poco de espacio a esas circunstancias (hay infinidad de ellas) que etiquetamos como casualidades, de no menospreciar los momentos en los que simplemente estamos bien.