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DESEOS TAN PODEROSOS Y COSAS TAN EXTRAORDINARIAS

No recuerdo, quizá nunca lo haya sabido, el motivo por el que, hace ya mucho, a mi hermano y a mí nos dio por Canadá: un país lejano e inmenso del que conocíamos ríos, provincias y ciudades; el territorio en el que nacieron algunos de los deportistas que entonces admirábamos y en el que suceden la mayor parte de las historias de Alice Munro, la escritora de 82 años ganadora del último Premio Nobel.

A mi hermano la mirada de Munro –comprensiva, humana, poco afectada, tan aguda- le lleva a la tierra de los antepasados de la escritora canadiense, a Escocia, a la ciudad de Edimburgo nevada, a un pub en el que se está bien (puede que sea el olor a madera, a cebada; quizá sea eso que pasa cuando vas a aprender inglés al extranjero, gente que parece de siempre durante unas pocas semanas y a la que sabes que nunca más vas a volver a ver), al cuento de Munro en que una maestra joven conoce a un chico en el Trans Canada Train. La maestra mira al pasado desde el vagón panorámico, el tren pilla a alguien. No son personas vulgares para mí. No pueden serlo cuando tienen deseos tan poderosos y hacen a veces cosas tan extraordinarias, dice la autora cuando se le pregunta por sus personajes.

De Munro he leído la colección de relatos recopilada bajo el título de Amistad de juventud. Fue hace algún tiempo y he olvidado muchas de las circunstancias concretas que se cuentan (y de lo que se desprende de la escritura lisa y serena que se asoma a comportamientos desorbitados que irrumpen en la normalidad ya lo han dicho todo Muñoz Molina y muchos otros durante los últimos días), pero lo cierto es que me hizo ilusión que le concediesen el Nobel, regresé a los tiempos en los que me alegraba de las victorias del golfista canadiense Mike Weir o de los éxitos del jugador de baloncesto Steve Nash, o -más recientemente- del Premio Príncipe de Asturias de Leonard Cohen.

El libro de Munro en el que mi hermano estaba leyendo aquello de la maestra del tren se perdió en el aeropuerto. No estaba en objetos perdidos. Una historia incompleta esta de Edimburgo, puede que acabase con el regreso de mi hermano a España o que sea cierto eso que leí hace poco de que en la vida, al contrario que los libros, nada termina. Sí que recuerdo de Amistad de juventud el talento de Munro para finalizar historias, también para ocultar o retrasar la aparición del hecho principal. Reconozco que me han entrado ganas de volver a colgar la bandera de Canadá, con su hoja de arce, en mi habitación; creo que esta vez toca alegrarse porque ha ganado la literatura.

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MUNRO, CARVER, McCULLERS Y CHEJOV

Retrato de Alice Munro, Francisco Sánchez Torrejón

En la contraportada del libro de Alice Munro que no hace demasiado llegó a mis manos citan a un par de autores que he leído: Carson McCullers y Raymond Carver. También dicen que hay algo de Chejov en la escritora canadiense. Siendo sincero no sé demasiado de ninguno de los cuatro. Un par de relatos de Munro en el autobús, algo más de cincuenta páginas del corazón solitario de McCullers y un cuentecito de Chejov con un poco de mala leche. De Carver leí todos los relatos de Principiantes. He olvidado mucho, pero independientemente de la manera –las líneas secas de Carver, esa mezcla imposible de crudeza y piedad de Munro, las dosis de genialidad e ironía de Chejov o el desfile de personajes imborrables de McCullers-, lo que,a mi modo de ver, los une es una inteligencia capaz de, en unas pocas páginas, hacernos comprender algo mejor de qué va esto de la vida.