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COMO UN CORAZÓN

corazonJuanma, Manolo, Francis y yo dejamos que la tarde avance en la terraza del Alkimia. Ya es la temporada del café con hielo y Baileys; también estamos en el Globe, en la Morada y en el Zaratán: esto sucede a veces con escenas que se repiten y nuestra mente guarda como una sola. Es el CD Como un corazón el que me devuelve al café de las cuatro, el que me hace viajar más de seiscientos kilómetros hasta llegar a Moguer, a mi pueblo: un lugar que para Juan Ramón Jiménez es la luz con el tiempo dentro y en el que, a veces, el flamenco más hondo deja de ser algo oscuro e inaccesible.

Las chicas que en Como un corazón hacen suyas (nuestras, de nuestra tierra al menos; algunas no han nacido demasiado lejos de casa) melodías y rimas de algunos de los mejores poetas del rock norteamericano tienen más o menos nuestra edad. Recuerdo cuando, hace años, vimos en la Peña del Cante Jondo de Moguer a Argentina, una cantora de Huelva cuya versión del Take This Waltz de Leonard Cohen (la que aparece en el disco) ahora me emociona. Entonces, seguramente, acabó por aburrirme un poco, como solía sucederme cada vez que mis amigos intentaban que me fuese interesando por el flamenco. Bueno, es cierto que, más recientemente, disfruté con la actuación de Rosario La Tremendita (la trianera interpreta un par de temas en Como un corazón) en el Foro Iberoamericano de la Rábida, que la música de mi amigo Francis (del guitarrista Francis Gómez y sus proyectos D_Maera, Flazz Trío y Planeta Jondo) me llega de manera distinta.

Acabo de terminar de escuchar otra vez Como un corazón. Pongo Buscando a Dios en la niebla. Me gusta cómo suena Elliott Murphy cuando le echan una mano Antonio Machado y Paula Domínguez. Juanma, Manolo, Francis y yo seguimos en la terraza del Alkimia, aunque cada vez nos cuesta más coincidir. No intento explicarles por qué disfruto tanto con las letras de Cohen, Dylan y Murphy, tampoco hace falta que me digan nada acerca de qué hace único al flamenco; hice bien en decirles que diesen una oportunidad a Como un corazón.


LAS HEBRAS DE MURPHY

Elliott MurphyAl abrir la caja del último álbum de Elliott Murphy, It Takes A Worried Man, te encuentras con un texto que asegura que entre melodías y ritmos seductores se esconden las hebras de una fábula, escenas de una de esas películas que se hacen ahora; quizá incluso capítulos de una novela minimalista o, en última instancia, los parámetros fantasmagóricos de un suceso multimedia ahí, en nuestros oídos.

Llegamos a la sala Clamores con tiempo. Nos acomodamos junto a la mesa de mezclas. Apareció algo antes de las diez, unos segundos después de que Olivier Durand saliera al escenario. Elliott Murphy llevaba gafas, sombrero y chaqueta blanca. Durand, de negro, me hizo olvidar muy pronto –bueno, la manera en la que su guitarra y la del rockero neoyorquino se hacen una sola- al bajo, al batería y a los teclados.

Tenía ganas de escuchar You Never Know What You’re In For en directo, de compartirla con personas importantes para mí. Intenté retener cada instante de On Elvis Presley’s Birthday y me gustó cuando, a mitad de Take A Walk On The Wild Side, Murphy nos contó sobre su amistad con Lou Reed. Más tarde, Durand y él se atrevieron a desenchufar los cables de las guitarras, a alejarse de los micrófonos para interpretar el Worried Man Blues.

Recuerdo haber mirado a la derecha antes de que acabase la última, la bellísima Green River. En la mesa de mezclas todo se resumía en niveles, en decibelios de colores que iban de acá para allá. A lo mejor, lo  que habíamos oído no había sido más que una sucesión de sonidos expresable en parámetros y que se podía controlar desde aquella mesa.

Ahora, estoy convencido de que me he traído a casa una de esas hebras –puede que lo que hubiese entre melodías y ritmos fuesen escenas de una película o capítulos de una novela, qué más da- de las que hablaba el texto de la caja de It Takes A Worried Man.