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ALGO AÚN MÁS VALIOSO

Aun siendo cierto que el mundo de los golpes y los hoyos no tiene mucho sentido, sólo el que cada uno le quiera dar (me pregunto si no sucede lo mismo con el que se extiende más allá de los límites del campo de golf) y que visto desde fuera todo parece cuestión de suerte,  cuando pisas la hierba humedecida por el rocío antes de dar el primer golpe te sientes afortunado: sabes que en las próximas horas todo se reducirá a colocar la bola sobre la hierba segada al ras tras la salida, calcular bien la distancia a la bandera antes de ejecutar el segundo impacto, interpretar correctamente las pendientes si ya estás cerca del agujero y saber mantener la cabeza fría cuando empiecen las dificultades; los problemas cotidianos desaparecen y hasta en el peor de los días no es difícil encontrar un par de golpes esperanzadores. A mi entender encierra el golf algo aún más valioso –y no me refiero ni a la oportunidad de practicar un deporte saludable en entornos de gran belleza ni a la de competir de manera análoga a la que lo hacen los profesionales-. Es el golf una cura de humildad como ninguna otra y una forma inmejorable de conocerte mejor; pero yo sin duda me quedo con alguno de los momentos –hermosos, divertidos en ocasiones- que he vivido practicando este juego junto a mi padre, mi hermano, algún amigo y tantos desconocidos.

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ENTRE ALCORNOQUES, ACEBUCHES Y ESPECTADORES

La mayoría no entiende cómo algunos somos capaces de pasar horas de un fin de semana viendo por televisión un torneo de golf. Aún parece menos comprensible el gusto de bastantes aficionados al deporte de los catorce palos por ver muy de cerca a los profesionales. Más de cuarenta mil personas asistieron la semana pasada al recorrido gaditano de Valderrama, donde golfistas de la talla de Kaymer, McDowell, Jiménez, García o Hanson disputaban el Andalucía Masters. Cuando uno acude a un torneo de golf tiene básicamente dos opciones: sentarse tranquilamente en un hoyo a ver pasar partidos o acompañar durante todo el recorrido a un par de jugadores. El azar y el buen trabajo de ambos emparejó en la jornada de sábado a los españoles más en forma: Sergio García y Miguel Ángel Jiménez. García sigue siendo El Niño, el jugador que en sus inicios maravilló a todos, que llegó a ser el número dos del mundo y al que en los últimos años los problemas emocionales derivados de la ruptura con su novia le alejaron de las posiciones de cabeza. Jiménez es un veterano que, con su eterno puro, logra año tras año estar a la altura de los jóvenes talentos. Seguir un partido de golf en Valderrama es andar casi una decena de kilómetros a buen paso y luchar por una posición -entre alcornoques, acebuches y espectadores- que permita observar cómo sale disparado el drive, cómo vuela el approach en busca de la bandera o cómo rueda la bola sobre el green. Podría hablar de sensaciones que vienen al pisar un campo de la majestuosidad del de Valderrama, de golpes espectaculares, de la anécdota de García metido en el agua del temible hoyo 17, de las causas y posibles consecuencias de la victoria de Sergio García sobre Miguel Ángel Jiménez por un solo golpe de diferencia, del emotivo abrazo entre ellos al finalizar el torneo; pero terminaré simplemente diciendo que es al ver tan de cerca a los que de verdad conocen, aman y dominan este deporte cuando se entiende que hay cierta magia escondida entre palos, bolas y hoyos.