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EL TERRITORIO DE LA POESÍA

Nubes

Un naufragio, un incendio, la búsqueda de agua rodeados de kilómetros de desierto. Ejemplos de situaciones extremas que, en ocasiones, consiguen que se dejen atrás afinidades personales e ideológicas y nos mostremos como en esencia somos. Este terreno de libertad y tolerancia en el que se llega a conectar profundamente incluso con aquellos con los que se discrepa en mucho de lo que se suele considerar importante es por el que transita –según Javier Lostalé, invitado de ayer a la tertulia de Justo Sotelo- la poesía. En su último libro (El pulso de las nubes, inédito), el poeta madrileño habla de nubes, ángeles insomnes, de días dichosos sin motivo en los que la memoria es sólo un aroma, de tentaciones de las que no se puede escapar y sin las que nada tendría sentido. La penumbra a la que nos condena el ser amado o el cuerpo desnudo en el que principio y fin se anudan.

La voz de Lostalé hace que sus versos suenen aun más bellos; asegura que es a partir del título del libro (La rosa inclinadaTormenta transparente La estación azul) de donde surgen los poemas. Ayer daba la sensación de que no existía diferencia alguna entre los que acudimos al Este Oeste; nada impidió que tiempo y espacio quedasen en suspensión, que conectásemos en lo fundamental con un escritor de setenta años que nos invitó a pisar el territorio de la poesía.

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HÉROES

Ayer, Mariwan –el dueño del ESTE O ESTE, lugar en el que desde hace ya algún tiempo nos reunimos los de la tertulia de Justo- habló de Kierkegaard y el caballero de la fe, de Nietzsche y el Espíritu libre, de Camus; de la tarea del héroe. Mariwan es kurdo, en los ochenta vivía aún en el norte de Irak y ahora se emociona al enseñar una foto en la que se le ve todavía joven, con pelo largo y –a diferencia del resto de sus compatriotas- sin bigote (sigue defendiendo un intelectualismo práctico, influenciado por los filósofos a los que admira; el héroe capaz de superar cualquier revés y que concibe la vida como unas páginas en blanco que sólo él puede escribir).

¿Hasta qué punto tiene el individuo poder para sobreponerse a su circunstancia y parecerse algo a este caballero de la fe? ¿Existen hoy verdaderos héroes? ¿Es éste el mejor de los mundos posibles o, al menos, el mejor que hemos tenido? Se tocaron de pasada muchos temas, acabamos hablando sobre El extranjero de Camus. No la he leído, creo que entendí por qué Mariwan considera ésta la mejor novela del Nobel francés: un personaje al que nada -ni siquiera un crimen absurdo que cometió y del que no se siente responsable- de lo que sucede en el exterior parece que le afecte. Me han gustado siempre este tipo de héroes, recuerdo ahora al chico de la moto de un libro de Hinton que leí en la ESO o al detective Marlowe –gobernado tan sólo por una ética particular y algo alejada de la convencional- de Raymond Chandler. Discutimos sobre el posmodernismo, sobre la inevitable influencia de su tiempo en la obra de cualquier autor. Fue de esas veces–supongo que esto no es sólo cosa mía- en las que eliges mal las palabras y callas lo que realmente querrías haber dicho. También fue de esas ocasiones en las que disfrutas simplemente escuchando, en las que vuelves a casa pensando en cuestiones que probablemente no tengan respuesta.


EN LA LEJANA AQUISGRÁN

Beatriz Talaván es un personaje de la última novela de Justo Sotelo que asegura que Peter Redwhite no es sino un romántico de los de finales del XVIII. Cuando intento hacerme un poco el interesante hablo de la verdad en el arte; de como lo más íntimo del artista  logra conmover hasta el punto de que el lector, espectador, oyente lo toma como la más absoluta de las verdades. A Beatriz esto de vestir de harapos tus fantasmas ya no le convence, la ficción –el fingir- es clave en muchas de sus obras de arte preferidas. Poco después de mi primera tertulia ella me pasó unos cuentos fantásticos –en dos de los sentidos del término; son malvado y fantástico palabras muy de Bea- a cambio de los Cortos americanos y lo que llevaba escrito de lo que pretende ser una novela; siempre me gustó ese relato suyo de las pompas de jabón capaces de atrapar recuerdos.

Ayer nos vimos en la Feria del Libro algunos de los que solemos coincidir los miércoles en el Este o Este; pronto Beatriz volverá a ser Frau Talaván en la lejana Aquisgrán. Redwhite confía en que casi dos mil kilómetros no sean demasiados, al menos para esta relación novelesca nuestra.


EMPUJÓ LA PUERTA Y ENTRÓ CON CURIOSIDAD

Habla a menudo de Murakami y los mundos huecos pero no se olvida de Galdós. No me costó reconocer a Justo Sotelo, del bolsillo de una de sus inconfundibles chaquetas negras asomaban los Cortos americanos que le había hecho llegar a través de mi amiga Bea; enseguida supe que la semana siguiente lo de la tertulia literaria en Malasaña se volvería a repetir. Hace siglos que está todo dicho, sólo me interesa el lenguaje. Empujó la puerta y entró con curiosidad, la preocupación por la forma queda clara desde la primera frase de Las mentiras inexactas, la última novela de Justo. Nunca había leído ninguno de sus libros, me sorprendió la manera de contar: están ahí presentes los autores a los que tanto admira; las novelas de Sotelo –aseguran los críticos- tienen vuelo, yo me quedo con el poso, con el regusto que dejan unas líneas meditadas –ágiles cuando es necesario- en las que el escritor madrileño -y es que el arrojo narrativo, como dice Juan Ángel Juristo de ABC, es una de las virtudes de la novela- no duda en reflexionar sobre lo que le preocupa y le apasiona hasta las últimas consecuencias.

Justo presentó su libro en Las Cuevas de Sésamo entre amigos y conocidos. Algo que te impulsa a escribir unas líneas se convierte en un objeto de centenares de páginas; es misterioso el proceso de creación de una novela. Ahora, con un ejemplar de Las mentiras inexactas aquí, en mi escritorio, recuerdo como aquella tarde en Sésamo noté algo muy distinto a lo que había sentido en otras presentaciones: el autor no era sólo alguien a quien admiraba, se trataba además de un amigo.


SENTIR LAS AGUAS DEL OUSE Y NO LAS DE CUALQUIER OTRO RÍO

En la Wikipedia vienen siete líneas sobre Ana María Navales. Murió en 2009; escribió relatos, novelas y poesías. Era especialista en Virginia Woolf, se doctoró con una tesis sobre la novela epistolar y codirigió una revista. La Comunidad de Aragón le concedió un premio en 2001. Yo desconocía todo esto cuando ayer decidí aceptar la invitación de Justo Sotelo y me dejé caer por la librería Alberti a eso de las siete de la tarde; allí se presentaba El final de una pasión, la novela póstuma de Ana María Navales. Pronto comprendí que Navales era algo más que una especialista en Virginia Woolf; conocía cada secreto de la autora londinense, no le bastaba: necesitaba pisar las alfombras del 22 de Hyde Park Gate, sentir las aguas del Ouse y no las de cualquier otro río; quizás consideró que ésta era la única manera de sumergirse en lo más profundo del alma de Virginia Woolf. Juan, su marido, la acompañaba en estos viajes; inmediatamente me vinieron a la cabeza Zenobia y Juan Ramón. A Ana María Navales no le gustaba el mundo, su respiración era la literatura. Juan cerraba la presentación leyendo unas líneas sobre su mujer –nos olvidamos por un momento del universo editorial, del fondo, de la forma y de la espacialización del tiempo-, se humedecían los ojos de sus amigos y familiares.

En mi pueblo hay un pabellón cubierto Zenobia, un colegio Zenobia y una estatua de Zenobia al lado del bar Tagore; no sé si los de Moguer hemos sido justos con la esposa de nuestro premio Nobel, está claro que si algún día el nombre de Ana María Navales resuena con fuerza habrá que acordarse de Juan Domínguez Lasierra.