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EL OTRO LADO DEL ATLÁNTICO

En la cancha de los Chicago Bulls te regalan una hamburguesa del McDonald´s si los locales superan los cien puntos. Allí, en América, los equipos son franquicias con nombres de animales salvajes que de cuando en cuando intercambian sus jugadores como si fuesen cromos. Hay un deporte  parecido al rugby en el que el juego de detiene en cuanto alguien logra avanzar un par de yardas, otro sobre hielo en el que es casi imposible distinguir la pastilla que sustituye a la pelota e incluso uno en el que echas tres, cuatro, cinco horas viendo como señores cercanos a los cuarenta intentan sacar del estadio una bola maciza. No entendemos nada los europeos de todo esto; tenemos clubes centenarios, jeques, fichajes millonarios, ascensos y descensos. Aun siendo consciente de que -al menos en España- el modelo económico no se sostiene y de que resulta bastante ridículo tomarse tan a la tremenda las desgracias de tu equipo (o las alegrías del rival) siempre me ha parecido que los americanos –en su búsqueda del entretenimiento, del espectáculo o del simple pasatiempo- descafeínan todo un poco en las que llaman Grandes Ligas.

Ya he hablado del escritor estadounidense Gay Talese. Cuando visitó Madrid él no entendió gran cosa de lo que vio en la plaza de toros de Las Ventas. Hubo un detalle que no se le escapó al viejo periodista: aquellos héroes sobre la arena ataviados con trajes de época contaban tan sólo con su valor y su físico para vivir, para alcanzar la gloria. Creo que lo mismo sucede con los deportistas; personas que –armadas de técnica y sacrificio- persiguen lo imposible: un triunfo personal que miles de personas sienten como propio. Aquí ya no importa a qué lado del Atlántico nos encontremos.


CONTRADICCIONES

Talavante, verónica. Francisco Sánchez Torrejón

Suelen ser los de San Isidro días de manga corta y gafas de sol; casi 25000 personas llenando el coso madrileño con la esperanza de que alguna de las figuras de ahora les dé razones para seguir creyendo que tras la sangre sobre el albero hay algo más que muerte y espanto. Todos los años acabo por sentarme más de una vez en la piedra dura de Las Ventas. No son sólo los argumentos de los antitaurinos los que me hacen dudar; tampoco me es fácil explicar qué es lo que me atrae. Es lo contradictorio a menudo terreno propicio para la belleza, para la creación –hoy se cumplen diez años de la muerte del, dicen que genial, cronista taurino de El País Joaquín Vidal; Picasso y algún otro no han desdeñado este mundo de burladores de la muerte y bestias de más de media tonelada-. En más de una ocasión he dicho que no volvía. Sé que alguna tarde del mes que viene –mientras algunos abroncan al matador, a la cuadrilla, al ganadero, al presidente; otros comparten una bota de vino y unos franceses llaman ignorantes a los de la fila de abajo- yo tomaré notas en mi porción de piedra preguntándome qué sentido tiene todo aquello.


NI BESTIAS DE 600 KILOS NI GLADIADORES

Después de ya años viendo toros, pensaba, no entiendes nada. Has creído encontrar belleza alguna que otra vez. Decía el sabio estoico Marco Aurelio que detrás del manjar más exquisito no hay más que un animal cadáver. Me preguntaba si hay algo más en los toros. O quizás lo de Morante con el capote del año pasado no fue más que la humillación pública de un animal, un juampedro sobrero bravo. Ya en la plaza me dejé de filosofía. La almohadilla sobre la piedra dura. El olor a puro. El rojo de las tablas fundido con el albero. Echaba de menos todo aquello. Los del 5 estábamos más atentos al ir y venir de la de las cocacolas que a lo que sucedía sobre la arena. Esperábamos un duelo de bestias de más de seiscientos kilos contra gladiadores. Los cuatro de Palha apenas superaban la media tonelada. Las manos torpes de Corpas desperdiciaron al buen tercero. El primer torero que se vio no fue un matador: uno de la cuadrilla de Millán que tras ser empitonado se levantó como si nada. Lo sabía el aragonés. Estaba muy lejos. Pero nunca iba a estar tan cerca la gloria. Y la saboreó cuando todo el coso le ovacionó durante segundos eternos después de jugársela para depositar sobre el cuarto dos soberbios pares de banderillas. La tarde se iba animando. Y también hubo faena de muleta. Robleño cercenó una oreja al quinto. Colocado a la perfección logró enganchar al público. Cogió la espada antes de que decayese la cosa y se lanzó a matar. La estocada certerísima, algo desprendida para algunos. La discusión en los tendidos sobre la oreja nos hizo olvidar lo que sucedía sobre el ocre, donde la oportunidad de Corpas de dar un empujón a su carrera se desvanecía para siempre.