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LAS HEBRAS DE MURPHY

Elliott MurphyAl abrir la caja del último álbum de Elliott Murphy, It Takes A Worried Man, te encuentras con un texto que asegura que entre melodías y ritmos seductores se esconden las hebras de una fábula, escenas de una de esas películas que se hacen ahora; quizá incluso capítulos de una novela minimalista o, en última instancia, los parámetros fantasmagóricos de un suceso multimedia ahí, en nuestros oídos.

Llegamos a la sala Clamores con tiempo. Nos acomodamos junto a la mesa de mezclas. Apareció algo antes de las diez, unos segundos después de que Olivier Durand saliera al escenario. Elliott Murphy llevaba gafas, sombrero y chaqueta blanca. Durand, de negro, me hizo olvidar muy pronto –bueno, la manera en la que su guitarra y la del rockero neoyorquino se hacen una sola- al bajo, al batería y a los teclados.

Tenía ganas de escuchar You Never Know What You’re In For en directo, de compartirla con personas importantes para mí. Intenté retener cada instante de On Elvis Presley’s Birthday y me gustó cuando, a mitad de Take A Walk On The Wild Side, Murphy nos contó sobre su amistad con Lou Reed. Más tarde, Durand y él se atrevieron a desenchufar los cables de las guitarras, a alejarse de los micrófonos para interpretar el Worried Man Blues.

Recuerdo haber mirado a la derecha antes de que acabase la última, la bellísima Green River. En la mesa de mezclas todo se resumía en niveles, en decibelios de colores que iban de acá para allá. A lo mejor, lo  que habíamos oído no había sido más que una sucesión de sonidos expresable en parámetros y que se podía controlar desde aquella mesa.

Ahora, estoy convencido de que me he traído a casa una de esas hebras –puede que lo que hubiese entre melodías y ritmos fuesen escenas de una película o capítulos de una novela, qué más da- de las que hablaba el texto de la caja de It Takes A Worried Man.

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Y SE LLAMA GEORGE MILESON

Setlist original

Setlist original

George Mileson se ha dado una vuelta esta noche por el Moby Dick Club. Tengo entendido que nació en los pantanos de Jersey –donde, según Bruce Springsteen, los mosquitos crecen grandes como aviones. Mileson es una leyenda en los clubs de Asbury Park, NJ desde finales de los sesenta.

Apareció por el escenario sobre las nueve y media, una media hora antes de lo previsto. Nunca había escuchado Devils & Dust en directo (Sólo estoy intentado sobrevivir / qué sucede si lo que haces para sobrevivir / mata a las cosas que amas / El miedo es algo poderoso, cielo / puede hacer que tu corazón se vuelva negro…), tampoco Back In Your Arms ni Tougher Than The Rest.

Ya con camisa negra remangada y chaleco, esta vez arropado por su banda, George Mileson volvió al escenario. Después del tradicional ¿Hay alguien vivo ahí afuera? empezó a sonar Radio Nowhere. Se atrevió con la versión larga, la del ’78, de Prove It All Night y nos emocionó, al menos a los de la primera fila, con la contenida Racing In The Street –o cómo sentirte culpable por haber acabado con los sueños de la persona que decide compartir contigo su vida.

Mileson se paseó por la barra de la Moby Dick, surfeó entre los brazos de la multitud y aseguró que la mayor parte de los temas que iba a interpretar eran peticiones (entre ellas Car Wash, Man At The Top y  Blood Brothers). Le fue imposible dejarnos sin Thunder Road.

En realidad, la sala Moby Dick está cerca de la Castellana y no en la costa de Jersey. George Mileson nació en Barcelona en 1975 y se curtió en el Berklee College Of Music. Ha publicado dos álbumes con temas propios; su último trabajo, Leap Of Faith, recoge versiones de canciones de Springsteen. Qué más da. He llegado a casa con una sensación que ya conocía. Sí. Esta noche he visto a Bruce Springsteen. Y se llama George Mileson.


ME PONGO LOS GUANTES, CIERRO EL ABRIGO Y ME ANUDO LA BUFANDA

Navidades en Madrid

Cuando era pequeño desayunábamos en El Trébol. Echaba el sobre entero, la leche salía tan caliente de la máquina que el Cola-Cao se disolvía enseguida. En la calle hace frío. Navidades en Madrid. Mi madre nos lleva a esa cafetería de perritos calientes de Príncipe de Vergara a la que iba abuelo Juan, a ver la tienda de trenes de juguete o a cualquier otro sitio de los que nos gustan. Mi padre, al subir las escaleras de la boca del metro, me recuerda que hay que anudarse la bufanda y cerrar el abrigo, que es ese el momento en que uno se enfría; venimos de dar una vuelta por las galerías de la calle Orfila, de tomar algo en El Halcón maltés, ese bar de taburetes granates. Con abuelo a Cortilandia –enfrente de El Corte Inglés de Felipe II, la cola es larga, llevo guantes pero me gusta que me coja de la mano-, un paseo por El Retiro. La bolera, el teleférico, el Palacio de Oriente, el cine, el Bernabéu, el Reina Sofía, un partido de baloncesto.

Ha caído el turismo en la capital. Después de lo de las olimpiadas parece inevitable hablar de la deuda, de la Caja Mágica, de la suciedad, de que el metro tarda más en una ciudad cuya imagen más reconocible es, para muchos visitantes, el Museo del Jamón. El Trébol sigue abierto, la gente pasea por El Retiro y el otro día se inauguró la temporada en las galerías de arte. Aunque se cierren teatros, cancelen el Festival de Jazz y digamos que la noche de Madrid no es la que era, a pesar de que ayer la sala de un cine de versión original estaba casi vacía, me volveré a sentir bien cuando el frío acabe por llegar del todo a Madrid. Salgo del metro, me pongo los guantes, cierro el abrigo, me anudo la bufanda.


CASI MEJOR ASÍ

Willie NileNo había esta noche en la sala El Sol escenarios capaces de girar 360º, tampoco pantallas del tamaño de una pista de tenis. Yo con mi camiseta de Bruce Springsteen, delante una verde de Tom Petty, las había de The Gaslight Anthem. El que salía en el cartel era Willie Nile, un músico norteamericano de más de sesenta años del que hasta hace un par de días desconocía todo.

Nile reconoce que su país no es perfecto. Canta contra la Guerra Santa, se acuerda de los más débiles y no le cuesta dejar la guitarra eléctrica a un lado para hablar de amor. Quizá fuese sólo que esta vez el sonido no rebotaba contra los muros de una plaza de toros cubierta ni se perdía en la inmensidad de un estadio, me pareció que a Willie Nile le habían bastado dos horas para demostrar que él también sabe de qué va el rock and roll.

Llego a casa. No puedo evitar ponerme los auriculares y buscar en el YouTube Love Is A Train. Sé que, aunque las líneas sean las mismas y se escuche bastante bien, es imposible sentir lo mismo que hace un rato cerca de la Gran Vía. Casi mejor así.


CADA VEZ MÁS DE SUDOR Y MÚSCULO

Ni los tatuajes de colores ni la camiseta negra de Los Ramones con la que apareció Brian Fallon consiguen que parezca un tipo duro, a lo mejor le ayudan a tener más pinta de estrella del rock. Empieza otra canción, la chica de delante se recoge el pelo y sonríe; sólo la separan unos metros del líder de The Gaslight Anthem.

La primera vez que vi a Fallon fue cantando con su paisano Bruce Springsteen No Surrender en el DVD del Boss en directo desde Hyde Park. Ayer –muy cerca de casa – la formación de Nueva Jersey revisó una veintena de sus composiciones durante algo más de hora y media. La música de The Gaslight Anthem es cada vez más de sudor y músculo, adulta, suena a Springsteen, también a soul, a punk, a grunge. Un sonido único, reconocible (quizá demasiado, te acaba quedando la sensación de que aunque todas son buenas hay veces que cuesta diferenciarlas) que les ha valido para firmar un contrato importante, vender todas las entradas en su segunda visita a Madrid; para que pronto desapareciesen las dudas de los que no salimos de casa muy convencidos.


LA MÚSICA VENCIÓ AL FRÍO

Justin Vernon se recluyó en una cabaña perdida enfermo de fracaso, alma y cuerpo. Regresó con el nombre de Bon Iver (algo así como buen invierno mal escrito en francés, buena borrachera en inglés) y años después apareció entre jirones y lucecitas de bosque encantado -arropado por miles de seguidores- en la plaza de toros de Vistalegre en esta gélida noche madrileña. La soledad y el invierno  curaron el corazón roto y la mononucleósis hepática del chico de Wisconsin, lo convirtieron en un artista ante cuyas canciones –muy personales, místicas, en ocasiones contundentes-  es difícil permanecer impasible; las melodías de Vernon no se tararean, nadie canta, se disfrutan en silencio: tienen acceso al alma.

Puede ser la primera y última actuación de Bon Iver en Madrid, parece que Justin Vernon quiere emprender otros proyectos. Un directo arrollador, otros ocho músicos, el dominio del falsete, el uso de sintetizadores. Esté o no agotada esta fórmula, a muchos nos va ser difícil olvidar la manera en que, al menos durante hora y media, la música venció al frío.


LA DESPEDIDA DE UN HOMBRE SABIO

Volví a comprobar -ya lo había visto aparecer tras las cortinas del escenario de un recinto abarrotado, fue en Orense hace tres años- como no es necesario entender todo lo que encierran sus líneas para que las canciones de Leonard Cohen cautiven; te hagan sentir una emoción distinta a la que se experimenta con la música de otros artistas capaces también de llenar el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid.

Una espectadora intentaba que su Smartphone le echase una mano para averiguar el nombre de lo que estaba sonando, quizá era anoche sólo cuestión de dejarse llevar por la voz –convincente como nunca antes- de Cohen, por el virtuosismo de su banda, por la belleza de los coros –y los solos- de Sharon Robinson y las Webb Sisters.

Hace no demasiado le llegó a Leonard Cohen el reconocimiento del gran público. Ahora abandona el escenario bailando y sus setenta y ocho años no le impiden arrodillarse ni ofrecer conciertos de cuatro horas. Hubo en la actuación del cantautor canadiense más que espectáculo, música y poesía; es posible que asistiésemos a la hermosa -vitalista y llena de dignidad- despedida de un hombre sabio que con composiciones tristes que parecen arrancadas del alma, con la humanidad que desprenden  sus ojos casi cerrados consigue conmover y poner en pie a miles de personas.


LE IRÁ BIEN POR SAN DIEGO

Jacobo ahora vive en Nueva York, Pablo se quedó en Chicago y Jesús volvió a España. Hace ya un par de años tres de mis amigos se fueron a América a cursar el último año de carrera. Cuando me pasaba por Moguer el primer trimestre del curso pasado no siempre coincidía con Francis, estaba de Erasmus en Coimbra. Temporadas en Madrid, temporadas en Moguer. Se van nuevos amigos –escribí hace poco un post sobre la marcha de Beatriz a Alemania-, vuelven algunos de los viejos –el otro día con Manolo Barranco en el Globe, estuvo bien aquel rato en Mazagón con los amigos de clase de siempre-. Pronto Héctor volará hacia California, le irá bien por San Diego. Llevo ya varias semanas en casa, empiezas a echar de menos darte una vuelta por Madrid con Antonio, Bea, Raúl, Marta, Leti, Jesús e Ine; sé que cuando vuelva por la capital me acordaré de Manolo Márquez, Juanma y Francis a la hora del café.

Conocí a Héctor hace siete años, no lo veo desde lo de Springsteen en Sevilla. Es posible que partir de ahora todo se reduzca a algún comentario por el Facebook. Recuerdas mucho de lo bueno cuando se va un amigo, crees que el tiempo y los kilómetros van a acabar por deteriorarlo todo. Es entonces cuando intento pensar en las veces que he vuelto a ver a Jacobo y a Pablo. Y reconforta.


UNA NOCHE TRAS OTRA

Es algo especial pisar el césped del Bernabéu, aunque esté cubierto con un plástico azul, mirar el escenario vacío sabiendo que en cualquier momento se oirá un ¡Hola, Madrid! y la voz rota de Bruce Springsteen te acompañará durante las próximas horas recordándote que algunas líneas –ya hayan sido compuestas hace cuarenta años o algunos meses atrás- seguirán siempre significando algo para ti.

Anoche Springsteen no se olvidó de los más fieles y rescató alguna que otra joya de las recopiladas en la caja Tracks y en el The Promise, incluido el estreno en directo de Spanish Eyes. Los setenta volvieron con el aire gamberro de Spirit In The Night, las guitarras rugieron en Murder Incorporated y el soul inundó el coliseo de la Castellana durante el Apollo Medley. Jack Of All Trades, Shackled And Drawn y We Are Alive demostraron que muchos nos equivocamos al juzgar el nuevo disco, aunque fue el Springsteen de carreteras desiertas el que verdaderamente conmovió con Thunder Road y The River.

Es el de ayer el concierto más largo en la carrera de Springsteen; el rockero de Nueva Jersey se despedía exhausto del público madrileño sabiendo que lo había vuelto a conseguir, no sólo con los que nos emocionamos al oír Here in northeast Ohio/ Back in eighteen-o-three: había logrado que la noche pasase a ser inolvidable para los miles de espectadores que jamás habían asistido a un concierto de Bruce Springsteen y que probablemente nunca más vuelvan a hacerlo. Y eso es, según el propio Springsteen, lo que le motiva para seguir una noche tras otra -en cualquier lugar del mundo- cantando sobre chicas, bandas callejeras, coches, fábricas y gente desesperada.


NO PUEDES CONCEBIR EL PLACER DE MI SONRISA

Aún siento a veces el frío que me atacaba al salir de la boca del metro Goya cuando yo era muy niño y pasar las Navidades con mi familia en Madrid era todo un acontecimiento. Fue uno de estos días de Navidad en la capital. Mi padre, mi hermano y yo salíamos del Bernabéu y buscábamos un bar, televisaban el Barça-Sporting. Acabamos en uno de la calle Concha Espina. Pasan los años, llega un momento en que te sientes adulto y ya no puedes ni siquiera imaginar cómo era cuando eras niño. Neil Young lo expresaba así en I Am A Child: Soy un niño, duraré tan sólo un rato. No puedes concebir el placer de mi sonrisa: me coges de la mano, me alborotas el pelo; es tan divertido tenerte a mi lado. En el bar de Concha Espina un señor sentado en la mesa de atrás me tiraba de cuando en cuando del pelo; yo me giraba y sonreía. La sensación de los tirones es de las que permanecen; mi padre me dijo que el señor se llamaba Paco Gento.