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EMPUJÓ LA PUERTA Y ENTRÓ CON CURIOSIDAD

Habla a menudo de Murakami y los mundos huecos pero no se olvida de Galdós. No me costó reconocer a Justo Sotelo, del bolsillo de una de sus inconfundibles chaquetas negras asomaban los Cortos americanos que le había hecho llegar a través de mi amiga Bea; enseguida supe que la semana siguiente lo de la tertulia literaria en Malasaña se volvería a repetir. Hace siglos que está todo dicho, sólo me interesa el lenguaje. Empujó la puerta y entró con curiosidad, la preocupación por la forma queda clara desde la primera frase de Las mentiras inexactas, la última novela de Justo. Nunca había leído ninguno de sus libros, me sorprendió la manera de contar: están ahí presentes los autores a los que tanto admira; las novelas de Sotelo –aseguran los críticos- tienen vuelo, yo me quedo con el poso, con el regusto que dejan unas líneas meditadas –ágiles cuando es necesario- en las que el escritor madrileño -y es que el arrojo narrativo, como dice Juan Ángel Juristo de ABC, es una de las virtudes de la novela- no duda en reflexionar sobre lo que le preocupa y le apasiona hasta las últimas consecuencias.

Justo presentó su libro en Las Cuevas de Sésamo entre amigos y conocidos. Algo que te impulsa a escribir unas líneas se convierte en un objeto de centenares de páginas; es misterioso el proceso de creación de una novela. Ahora, con un ejemplar de Las mentiras inexactas aquí, en mi escritorio, recuerdo como aquella tarde en Sésamo noté algo muy distinto a lo que había sentido en otras presentaciones: el autor no era sólo alguien a quien admiraba, se trataba además de un amigo.


COSAS RARAS PORQUE SÍ

En uno de los capítulos de Los Simpson en los que Moe decide remozar un poco su bar, define el barman el posmodernismo como cosas raras porque sí. Desde que de cuando en cuando me dejo caer por un café de la calle Ruiz me ha quedado claro que para que un texto actual sea estimable no tiene sólo que estar bien escrito, no es suficiente que se de ese extraño proceso –el que para mí define el verdadero arte: algo imposible de describir, muy íntimo, equivalente a lo que sucede cuando uno se enamora de verdad; eso que está ahí y que si fuésemos capaz de explicar del todo no habría enamoramiento, no habría experiencia estética- en que el fuego interior del creador, su intimidad (aunque la disfrace con metafóricos ropajes) pasa a conmover al receptor, a convencerle de que la obra de la que está disfrutando es la más absoluta de las verdades. Tiene además (no sé si es del todo correcto lo que digo, espero que valga para entendernos) que generarse un universo que no existiera antes (justo lo opuesto al habitual mundo a priori). Me es complicado explicar esto, digamos simplemente que tienen que darse cosas al estilo de las cosas raras de los Auster, hermanos Cohen, Allen, Murakami y compañía. En primer lugar me asalta la duda de si éstos no serían vistos como conservadores por los dadaístas y algunos que hace ya bastante se propusieron romper de manera drástica con todo lo anterior. No creo que las cosas raras sean porque sí, reconozco haber disfrutado con los autores citados y otros de la misma línea; es sólo que no veo del todo claro que tanta complicación, tanta teoría, tanto análisis sean indispensables. Luego entras en la Wikipedia y compruebas que estás inevitablemente atado a tu tiempo, que a pesar del aroma clásico del que intenté dotar a mis Cortos americanos no es difícil encontrar en ellos ciertos rasgos de posmodernidad; es un tema complicado éste y un atrevimiento por mi parte tratar asuntos de los que desconozco casi todo. En cualquier caso, sea yo un clásico trasnochado, un posmodernista o un romántico de los de antes creo que hay sólo un camino para disfrutar con la creación: hacerlo a tu manera.