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NEBRASKA

NebraskaVengo del cine. Hasta hace un rato, Nebraska era un álbum que Bruce Springsteen grabó en 1982 en una cinta de cassette. Las canciones, lo que para mí era Nebraska, tienen mucho que ver con lo que se ve en la foto de la portada del disco: una imagen tomada desde el interior de un coche, borrosa y en blanco y negro, en la que no hay nada sino millas de asfalto si sigues hacia delante y campos interminables si miras hacia los lados.

En Nebraska (Alexander Payne, 2013), los paisajes, en blanco y negro, son tan desoladores como la foto del álbum de Springsteen. En la película se habla poco. Lo esencial de los personajes, del lugar que ocupa cada uno, de las relaciones entre ellos, se desarrolla a otro nivel y queda claro desde las primeras secuencias. David busca constantemente que su padre le devuelva la mirada, a éste sólo parece preocuparle llegar a Lincoln (Nebraska) para cobrar un millón de dólares y comprarse una camioneta nueva y un compresor de aire.

A Payne no le hace falta quitar el capuchón al rotulador de subrayar en ningún momento. Me gusta la manera en la que algunos momentos –cuando le dicen a David que su padre mantuvo relaciones con una india de la reserva, por ejemplo- pasan, aparentemente, de puntillas por la pantalla, de la misma forma en que, a veces, sucede en la vida. Después de reencontrarse un poco con su padre y consigo mismo, David tendrá que volver a vender altavoces de alta fidelidad, a intentar reconciliarse con la chica que le acaba de abandonar.

La última canción del Nebraska de Springsteen se podría traducir como Razón para creer. Pero, más allá del título del disco, de la austeridad en la producción, de la temática o del hecho de que todos -incluso en esas ocasiones en que las cosas no nos van del todo bien- encontremos una razón para seguir adelante, creo que Carlos F. Heredero (en su reseña en Caimán Cuadernos de Cine) es el que define perfectamente por qué Alexander Payne convoca en esta película al mejor Springsteen: por la necesidad de luchar por los ideales a pesar de los fracasos y de lo incompleta que pueda ser su consecución.


LA VENGANZA LEGALIZADA

Hay sucesos que causan repulsa, indignan y hacen que nos solidaricemos con los familiares y amigos de la persona asesinada, ejecutada, violada o vejada. Desfilamos tras una pancarta en la que se lee “Todos somos…”, como si fuésemos nosotros los que hemos perdido la vida o hemos sido humillados, ¿tiene algo que ver nuestro dolor con el de aquellos a los que realmente importa la suerte de la víctima? No sé, seguramente estos gestos valgan de algo. Lo que no acabo de entender es la sed de venganza de los que hacen suya una causa que pronto habrán olvidado. Piden la pena de muerte (me acuerdo de los versos de la canción NebraskaMe declararon como que no encajaba en la vida, dijeron que al gran vacío mi alma debía ser arrojada / Querían saber por qué hice lo que hice / Bueno, señor, supongo que sólo hay mezquindad en este mundo), hay gente a la que lo de ejecutar le resulta un poco sórdido y se conforma con la cadena perpetua. Décadas de privación de libertad y la vida destrozada -¿acaso no es todo lo que tenemos?- , las condenas de nuestro sistema no parecen ser suficiente castigo al modo de ver de algunos que hablan de hacer Justicia, quizá entiendan ésta como la venganza legalizada.