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UN HUECO RARO EN EL CORAZÓN

Ojos azulesAquí, en Madrid, no llueve como si el dios Tlaloc o la puta madre que lo parió hubieran roto las compuertas del cielo. Poco tiene que ver, supongo, esta tarde de lunes con la noche triste –así se conoce el episodio histórico que narra Arturo Pérez-Reverte en Ojos azules– en la que los soldados de Hernán Cortés intentaban salvar el pellejo en Tenochtitlán.

El oro pesaba pero le evitaría tener que volver a arar la tierra ingrata en la que había nacido, seca y maldita de Dios, tierra  de caínes esquilmada por reyes, curas, señores. Me gusta la manera en la que Reverte convierte la tarde gris de Madrid en aquella noche lluviosa mexicana de sangre, vísceras y ruido de tambores: así, sin preocuparse de que el lenguaje del soldado de ojos azules que pensaba (con un extraño hueco en el corazón) en una india no se corresponda con la época. Bueno, Pere Gimferrer es capaz de explicar mejor que yo en el prólogo por qué Pérez-Reverte logra que sea difícil no estar de acuerdo, leyendo las escasas páginas de Ojos azules, con esta frase de Emerson: comprendiendo un momento de la vida de un hombre, podremos comprender toda su vida. 

Me viene a la memoria una historia muy similar, puede que sea la misma -cuesta a veces entender a Neil Young-, la canción Cortez The Killer. En el tema del músico canadiense tiempo y espacio también se mezclan, aunque de otra manera: hay un verso que dice algo parecido a construían con sus manos desnudas lo que todavía no podemos hacer hoy, poco después el protagonista afirma que sabe que ella está viviendo allí y lo ama hasta este día.

Es 2014 y en Madrid ya es de noche. Pongo Cortez The Killer, a ver si me entero de a qué se refiere realmente Neil Young con lo de todavía no recuerdo cuándo o cómo perdí mi camino. Sigo sin entender del todo la canción, pero ahora los sonidos de Neil Young y los Crazy Horse parecen decirme algo parecido a lo que le decían al soldado de ojos azules los tambores de Tenochtitlán: Teules malditos, perros, vais a morir todos hasta el último, y pagaréis el deshonor de nuestros ídolos, y vuestra sangre correrá por las aras y los escalones de los templos, y me acuerdo de la última frase del soldado (ya su corazón en manos del sacerdote azteca): Ojalá mi hijo tenga los ojos azules.

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EN LAS CUERDAS DE UNA VIEJA GUITARRA

Neil YoungEran las once menos veinte. Con el mismo aire despreocupado con el que había aparecido hora y media antes por el escenario del Theatre Antique de Vienne, Neil Young empezó a frotar la Old Black convencido de que los acordes de Ramada Inn (más de un cuarto de hora de canción, el relato de dos vidas en apenas unas líneas) estaban también anoche en las cuerdas de su vieja guitarra.

El Theatre Antique no es un espacio elegante en la capital austríaca, se trata del teatro romano de un pueblo de treinta mil habitantes a orillas del Ródano. Veinte siglos atrás, el proscenio era el lugar en el que se desarrollaba la acción dramática; ayer era el sitio perfecto para ver muy de cerca el que quizá sea uno de los últimos encuentros del músico canadiense con los Crazy Horse (la banda californiana de la que se rodea Young cuando quiere divagar con la guitarra eléctrica, una especie de conversación en la que la melodía principal reaparece cuando ya parece que ha sido absorbida por el ruido).

Francis se queda con la parte acústica (la sencillez de Red Sun, la belleza de Heart Of Gold, esa forma tan particular de interpretar Blowin’ In The Wind y las manos de viejo sobre el piano en Singer Without A Song), mi hermano recordaba en el coche, de regreso, la conexión que se creó con el público francés a partir de la inesperada Sedan Delivery. Llego al final de las fotos, la última nos la hicimos cuando paramos a echar gasolina. No recuerdo dónde. Era muy tarde, quedaban más de cien kilómetros y estábamos destrozados. No parece que a ninguno nos importase demasiado.


EL RÍO

Río

Ahora actúo como si no me acordase/ Mary hace como si no le importara. El protagonista de The River, de Bruce Springsteen, recuerda cuando iba con Mary al río, allá donde los campos eran más verdes, y tiraba de ella para sentirla respirar a su lado. La canción de Neil Young Down by the River va, o al menos eso parece, de alguien que –río abajo- intenta convencer a su chica de que no tiene razón para esconderse, acaba disparándole.

Yo, de pequeño, no acababa de entender cómo se formaban los ríos, no me parecía muy lógico que el agua siempre fluyese, tampoco me creía del todo eso que te contaban en Conocimiento del medio del ciclo del agua. Todo fluye, panta rei, afirmaba Heráclito. Creces, oyes lo de que la materia ni se crea ni se destruye de Lavoisier. Ya en la Universidad intentan que te aprendas el Teorema de Poynting. El río de la canción de Springsteen ahora está seco y la chica de Down by the River era capaz de llevar a su asesino más arriba del arcoíris.

Hablo de ríos porque después de comer he visto El río de Renoir, nada mejor que las aguas del Ganges para entender la vida (siempre igual, siempre cambiante), la necesaria dialéctica entre creación y destrucción. Me canso de estudiar, busco cómo era exactamente aquello que decía Jorge Manrique de la inevitable desembocadura de los ríos caudales, medianos y chicos. Y doy con otra frase de Heráclito que me gusta para terminar: en los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos.


ÉSTA ES LA NOCHE

Árbol de NavidadDe fondo el Tonight’s The Night (algo así como ésta es la noche), un álbum de Neil Young que forma parte de lo que se conoce como la Trilogía de la cuneta y que el músico canadiense entiende como su mayor acercamiento al arte. Es ya 23 de diciembre, no parece que dejarse arrastrar al territorio de la desolación al que irremediablemente conducen estas canciones sea lo más recomendable para encarar días de reencuentros, regalos, propósitos de enmienda y buenas intenciones. Días que servirán a muchos para comprobar que, efectivamente, se han quedado solos; de poca ayuda serán la compañía y los banquetes para los que están de algún modo tirados en la cuneta. Me parece acertado el comentario de Young sobre el Tonight’s The Night, apago la minicadena y pienso que quizá las Navidades sean tan sólo unas fechas proclives a agravar todo tipo de desigualdades, que incitan a consumir de forma salvaje y en las que, en ocasiones, se dan situaciones incómodas.

Se me pasa un poco el efecto de las líneas profundas y oscuras de Neil Young. Tendría que haber puesto la selección de villancicos que nos manda el tío Miguel todos los años, pienso. No, me es imposible quedarme sólo con lo injusto, con lo contradictorio de estas fiestas. Y me digo que voy a poner todo de mi parte para que la de mañana, reunido con decenas de familiares, vuelva a ser la noche.


VERSOS PERDIDOS QUE TRANSPORTAN A LUGARES ÚNICOS

Siempre está bailando. Le gusta arder. Tiene el fuego. Quiere vivir sin ataduras, dar vueltas como si viviese en su propio mundo. La chica de She´s Always Dancing flota en el aire, en el humo, sólo busca volver a soñar como cuando era niña. Ella dice que es hora de hacer algo, él se sirve otra, cierra los ojos y dice que es suficiente. Los protagonistas de Ramada Inn se siguen queriendo, hacen lo que tienen que hacer, lo que necesitan hacer. Es Psychedelic Pill, lo nuevo de Neil Young y los Crazy Horse, un disco heterogéneo (los aires country de Born In Ontario; cortes dominados por improvisados, eternos, hermosos riffs de guitarra de un par de acordes -tan característicos de los encuentros del músico canadiense con la banda californiana-), quizá algo irregular (aciertos indiscutibles, un par de pistas que no parece que vayan a ser de las que permanecen).

La pastilla psicodélica dura más de hora y media. Ocho temas que seguramente no sean los más indicados para los que aún no se han sumergido en la obra de Young. Es innegable que muchos disfrutarán de la vuelta del sonido Crazy Horse, de los coros, de canciones en las que melodías sencillas en las que flotan versos perdidos sugieren, transportan- poco a poco, inexplicablemente- a lugares únicos.


HACER LLEGAR EL ARTE FLAMENCO

Ayer cantó en el Foro Iberoamericano de La Rábida Rosario La Tremendita. Son ya unas cuantas las noches que he visto actuar a mis amigos de D_Maera o me he pasado por la Peña del Cante Jondo de mi pueblo; lo del Festival de Cante Flamenco de Moguer se está convirtiendo en tradición. Con el flamenco me pasa un poco como con la música a la que llaman clásica: no acabo de distinguir muy bien lo bueno de lo que no lo es tanto, desconozco casi todo y los conciertos se me acaban haciendo largos; sigo prefiriendo los versos trabajados y hermosos de Leonard Cohen, la voz de Neil Young sobre interminables solos de guitarra o casi cualquier cosa de Bruce Springsteen. Hacía calor anoche en La Rábida cuando se escucharon los primeros acordes, poco después apareció La Tremendita. Sobre el escenario de El Foro un piano de cola, un contrabajo, metales y percusión; me gustó la mezcla de la voz de la joven cantaora con otros ritmos, también hubo momentos para el flamenco más puro. No fue la trianera la única estrella: difícil de olvidar el taconeo sobre medio metro cuadrado de tabla de la malagueña Rocío Molina jaleada por el palmero Bobote. La medianoche no tardó en llegar, Rosario La Tremendita elegía un tema de su primer trabajo para despedirse; no mentía la sevillana cuando declaraba que es posible hacer llegar el arte flamenco a cualquiera de su edad.


LETRAS CENTENARIAS QUE SIGUEN CONMOVIENDO

Neil Young vuelve una década después con los Crazy Horse; el resultado del esperado reencuentro del músico canadiense con la legendaria formación californiana es Americana: Young viaja al pasado para rescatar un puñado de canciones cuyas letras centenarias siguen conmoviendo en esta época de desigualdades económicas y culturales. Neil Young se aproxima a la esencia americana de manera distinta a la elegida por Bruce Springsteen hace ya unos años con su acertado homenaje a Pete Seeger. Americana suena a Neil Young y Crazy Horse; Neil y sus caballos locos cuentan historias sobre forajidos que saben que todo terminará al día siguiente y padres que ni siquiera pueden permitirse alargar la pena por una hija muerta, y lo hacen manteniendo intacto el espíritu con el que fueron escritas hace dos siglos. Padrino del grunge, azote de Bush padre y Bush hijo; una ópera rock, preciosas baladas y un disco dedicado a su coche eléctrico. Creo que no son estas versiones una maniobra para vender CDs y entradas; hacer lo que me da la gana: esa ha sido la máxima de Neil Young en más de cuarenta años de carrera musical y lo que explica que los once temas de Americana suenen rotundos y actuales.


LAS EXPRESIONES QUE NUNCA USO

Hay en Heart Of Gold un par de líneas que nunca acababa de entender del todo: son las expresiones que nunca uso las que me hacen seguir buscando un corazón de oro. Descoloca esto de las expresiones en una canción sencilla, acaso el mayor éxito de Neil Young. Ahora entiendo que se refiere a todo aquello que nos gustaría decir alguna vez a alguien, a ese corazón de oro que aún no ha aparecido. A todo aquello que nos hace seguir buscándolo sin descanso. Aunque nos estemos haciendo viejos.


ALGO SIN MUCHO SENTIDO SOBRE LA CONQUISTA DE AMÉRICA

Vino bailando a través de las aguas con sus galeones y pistolas. Así comienza Neil Young Cortez The Killer. Unas pocas líneas perdidas en más de ocho minutos de canción. Parecen sólo eso, versos capaces de crear poderosas imágenes (y sus asuntos le rondaban, como hojas alrededor de un árbol;en sus ropas de muchos colores para que las viesen los dioses enfadados) acompañados de una música que te va sumiendo poco a poco en un estado que se asemeja a lo que debe ser un sueño narcótico. Llevaban piedras a las planicies y morían durante el camino, pero construían con sus manos desnudas lo que todavía hoy no podemos hacer. Hernán Cortés, Montezuma; algo sin mucho sentido sobre la conquista de América. Sé que ella está viviendo allí y que me ama hasta este día; todavía no puedo recordar cuándo o cómo perdí mi camino. Es al escuchar estas palabras cuando caes en la cuenta de que en realidad Neil no está cantando sobre las atrocidades de nuestros conquistadores, de que es el dolor de su propio corazón lo que asoma tras toda esta historia de crueldad.



TEXTO PARA LA EXPOSICIÓN DE FRANCISCO SÁNCHEZ TORREJÓN


Levanto la vista. La vieja manta sobre la que mi padre pintó unos personajes algo picassianos tocando diversos instrumentos sigue presidiendo el salón. Por las paredes de casa he visto pasar formas geométricas de gran poesía -casi metafísicas- y pinturas cargadas de fuerza y materia. Hay también cuadros más abstractos capaces de sugerir tanto como sus inconfundibles paisajes. En un mundo en el que hay quien afirma que el arte ha muerto y en el que el óleo y el lienzo van perdiendo terreno frente a cosas bastante complicadas de definir, la propuesta de mi padre para esta exposición –retratos, naturalezas muertas, toreros- supone todo un reto. Desconozco si los mares enfurecidos, la mirada de Neil Young o las escenas sobre el albero lograrán conmover. Sé que han sido muchas horas sosteniendo un pincel, pero hay un detalle que me hace ser optimista: mi padre dice no haber disfrutado nunca tanto con la pintura.