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SENTIR A GRAN ESCALA

Philip Seymour Hoffman

Venía de ver con unos amigos la tercera película de Los juegos del hambre. Ya en el coche empezamos a hablar de Philip Seymour Hoffman: Plutarch Heavensbee nos llevó a los días en los que el actor aún vivía y el alcohol y las drogas se intercalaban con cierta frecuencia entre rodajes, partidos de baloncesto y cenas con los amigos. Me había leído en su momento un artículo sobre las últimas horas de Hoffman, pero la verdad es que hasta que mi amigo Antonio planteó la pregunta nunca me había parado a pensar en qué le hacía distinto del resto de actores.

He leído esta mañana algo sobre la vida universitaria de Hoffman, de cuando hace siete años dijo en un programa de la CBS que comprendía muy bien a los actores de diecinueve años guapos, ricos y famosos: él, si llega a tener más dinero, habría muerto antes de los veintidós. Sin embargo, Hoffman había vencido a la adicción, estaba en contra de todo lo relacionado con el consumo de drogas, llevaba más de veinte años sobrio y se había convertido en uno de los actores más admirados y, al parecer, queridos. Hablan de una persona maravillosa y de un talento enorme: alguien al que todos creemos conocer a través de sus personajes -tan diferentes entre sí, tan distintos a él- y que hasta hace un par de años parecía haber dejado atrás sus fantasmas. Pero en mayo de 2013 ingresa en una clínica de desintoxicación; el año anterior Hoffman se subía cada noche a un escenario y se convertía en Willy Loman, el protagonista de Muerte de un viajante: un hombre cansado, insatisfecho y frustrado. Hoffman rompía a llorar cada vez que lo traía a la vida, no podía dejar de sentirse miserable todo el tiempo.

Me ha gustado un artículo The Huffington Post en el que se habla de la habilidad de Hoffman para suspender la propia persona, el primer paso para descubrir quién es el personaje y cómo puede llegar a convertirse en él. No se trata de tener un perfil determinado, sino de ser capaz de sentir a gran escala, de dejar trabajar a la parte no analítica de la conciencia. Para el autor del artículo, sólo hay unos pocos actores a los que se podría considerar artistas, personas en las que existe una conexión única entre el alma y la parte consciente, lo que en el caso de Hoffman y muchos otros se convirtió en una auténtica  maldición.

Anoche no sabía casi nada de todo esto ni supe responder muy bien a Antonio. En cualquier caso, recordar a Philip Seymour Hoffman nos hizo hablar de nuestras debilidades y ambiciones, de lo que somos realmente y de la felicidad. Parece que la muerte de ciertas personas y el arte, las interpretaciones de Hoffman, nos acercan a lo que para Platón es filosofar: pensar sobre la vida mortal.

Llegamos a la ciudad. Estaban probando el alumbrado de Navidad, las luces nos vinieron bien para dejarnos de filosofía.

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