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UN REGALO DE CUMPLEAÑOS TAN ESPECIAL

Empieza a sonar el Himno del Centenario. Quinceañeros trajeados que vienen de sacar en procesión a San Juan Bosco, dos filas de chinos con bufandas del Sevilla, la rubia con la camiseta de Negredo lleva unos tacones que no parecen muy adecuados para subir las escaleras de un estadio. En Preferencia banderas de España, los ultras siguen enfadados y no se ven por el Gol Norte muchas banderas de Andalucía con una estrella roja en el centro; todos cantamos convencidos de que esta vez seremos capaces de plantar cara al Barça de Messi.

Villa marcó en el descuento el 2-3, los sevillistas salimos del Pizjuán maldiciendo a Mateu Lahoz. Pensé hace algún tiempo que el fútbol era una de esas cosas que llegado un momento y sin un motivo del todo claro dejan de preocuparte. A pesar de la derrota y del arbitraje, me alegro de haber estado el sábado en el campo de mi equipo (gracias, Tere, por un regalo de cumpleaños tan especial). Compartí sensaciones –alegría, temor, rabia, desencanto- con decenas de miles de personas por algo que no dependía de nosotros. Posiblemente el fútbol –el deporte- no sólo sea un entretenimiento que se disfruta sin pensar demasiado; es una lástima que algunos se empeñen en mezclarlo con violencia, política e intereses de todo tipo.

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ALGO NUEVO QUE DECIR BAJO LA HERMOSA NOCHE SEVILLANA

No hace demasiado dije que ya no era Bruce Springsteen el más adecuado para cantar sobre las miserias de la gente corriente. Anoche, después del ¡Hola, Sevilla!, los versos de Badlands cobraron para mí verdadero sentido; noté que ni el magnífico estado de la voz de Springsteen ni la buena acústica eran los únicos motivos que iban a convertir la noche de ayer en inolvidable. ¿Dónde está el trabajo que hará mis manos, mi alma libres? Había escuchado el Wrecking Ball decenas de veces en casa, el Boss no había venido a Sevilla a hacer una defensa digna de su último trabajo, tampoco a recordarnos que hubo una época en que sus composiciones hablaban de chicas, promesas y carreteras polvorientas: estaba claro, Bruce Springsteen tenía algo nuevo que decir bajo la hermosa noche sevillana. Libertad, hijo, es una camisa sucia/ El sol en mi rostro y mi pala en la tierra/ La pala en la tierra mantiene al diablo alejado/ Me desperté esta mañana encadenado y cautivo. La remozada E Street Band volvía a sonar contundente –nuevas voces, sección de vientos y un Jake Clemons que con una mezcla de desparpajo y talento homenajeaba a su tío en cada nota. El tan temido experimento rapero del rockero de Nueva Jersey fue uno de los puntos álgidos; Candy´s Room, The Ties That Bind, Because The Night: los guiños a los fans de siempre se intercalaban entre las líneas crudas del Wrecking Ball (Pero a veces el mañana/ Llega bañado en tesoros y sangre/ Hey, resistimos la sequía/ Y resistiremos el diluvio; imposible no dejarse envolver por Jack Of All Trades). Tenía algo nuevo que decir y sabía que sólo había una manera posible de decirlo: con más energía y ganas que nunca; nosotros entendimos que la E Street Band no se acababa en el escenario. La mirada de un emocionado Bruce se tornó triste al recordar al fallecido Clarence Clemons; pero enseguida volvió la llamarada a su voz. Eligió Springsteen el Sur para comenzar la gira europea, no creo que esto fuese una coincidencia; el calor sofocante, el sudor, los ritmos del sur de los Estados Unidos, un público entregado: el lugar idóneo para acordarse de los indignados, de los que han perdido su trabajo, de la gente que sigue luchando en estos tiempos difíciles.



UNA VOZ ROTA CANTANDO SOBRE ARMAZONES DE CHEVROLETS QUEMADOS

¡Hola, Sevilla! ¡Hola, Sevilla! ¡Hola, Sevilla! ¡Vamos! One, two, three: Lights out tonight/ trouble in the heartland/ Got a head-on collision/ smashin’ in my guts, man/ I’m caught in a cross fire that I don’t understand. Sabéis algunos que con Springsteen no soy objetivo, que un ¡Hola, Sevilla! basta para que me desentienda de todo menos de lo que sucede en el escenario y que tres horas de una tórrida noche sevillana pasen en un suspiro. No fue lo mío con Bruce algo a primera vista. Cuando apareció por casa el The Essential: Bruce Springsteen la Carretera del trueno me parecía anticuada, desconocía qué había detrás del sonido metálico de las del Darkness, mi inglés no era suficientemente bueno como para entender The River y Nebraska me la saltaba al primer acorde. Carreteras, promesas, fábricas, bandas callejeras, perdedores; no sé cuándo se convirtió para mí en imprescindible la voz rota de Bruce cantando sobre armazones de Chevrolets quemados. Resulta complicado entender como un tipo que ha vendido ciento veinte millones de discos sigue resultando creíble cuando escribe sobre la gente corriente, como cada vez que coge un micrófono y una guitarra logra que letras de hace casi cuarenta años suenen todavía contundentes. Su disco Working On A Dream, la actuación en el descanso de la Superbowl, la edad, el cansancio que evidenciaba en algunos conciertos de la última gira, la reciente muerte del saxofonista Clarence Clemons. Signifique o no todo esto que ha comenzado ya su ocaso, sé que The Boss seguirá acompañándome en tardes de estudio, en el coche, mientras escribo; que en mi cabeza siempre podrá empezar a sonar cualquiera de sus canciones.